Por Lucía Merchán
Exposición individual de tesis por Naomi Moreira, agosto del 2026

Imagen 1. Texto curatorial de la exposición El árbol que olvidó cómo correr… Escrito por Madeline Gómez.
La sala nos abrazaba con su ambiente cálido, íntimo y familiar con un tono rosa que me recuerda a los arupos que florecen en los parques y avenidas de Quito o Loja. Una voz pausada se extendía en cada rincón de la habitación y narraba un cuento que ya había empezado mucho antes de nuestra llegada. Su naufragio voluntario entre versos modifica el espacio y nos introduce en un santuario de fantasías hecho tierra que sus manos dibujaron en polvo y luz.
Al encontrarme con las piezas, tuve la certeza de estar frente a quien nos narra su propia historia a través de la memoria del polvo. En El árbol que olvidó cómo correr, Naomi Moreira invita a nuestros ojos a reconocer un lugar en el que siempre habitaron y quedaron resguardados del tiempo, los trazos de tiza pastel y las palabras silentes que resguardan sentimientos. Cada página de estas bitácoras, posadas en la mesa, aloja el pulso de una artista profundamente empática, bocetos e ideas que, más que formas, son fragmentos de vida. Recorrer estas hojas, la habitación y las obras es descifrar la mirada minuciosa y el alma generosa de Naomi, quien nos narra su propia historia a través de su proceso artístico.

Imagen 2. Detalle de las bitácoras: escritos, dibujos y poemas.
La exposición me transporta al deseo vegetal de regresar a las tardes en que mi piel conocía, sin prisa, el idioma rugoso de la corteza y mis manos sabían exactamente cuánta vida cabía en el abrazo a un tronco. Este anhelo me devolvió a los días en la casa de mi abuelita, cuando traía una planta y la sembraba en su jardín, o las veces que visitaba los parques cerca de mi casa y veía lo majestuosos que eran aquellos árboles: grandes, frondosos, fuertes. ¿Cuántos ciclos de sol y ceniza volcánica caben en los anillos de un gigante que ha visto pasar la historia humana como un suspiro? Luego de quince años lejos de mi hogar, siguen ahí, viendo como todo avanza mientras mi sombra deja de correr.
¿Cómo sería sentir como un árbol? ¿Cómo sería permanecer en un mismo lugar mientras todo alrededor camina? ¿Cómo sería experimentar la pérdida de aquello que alguna vez estuvo vivo? Estas interrogantes surgen de la propia relación con el entorno en el que convivió Naomi: contemplando árboles que, con el tiempo, fueron cortados hasta quedar reducidos a troncos; troncos arrastrados por los contornos de un Guayaquil edificado en colosales cubos grises, donde las raíces intentan reconquistar el suelo que el asfalto les arrebató.

Imagen 3. de paseo por el jardín, instalación de gabinetes de madera y elementos orgánicos e inorgánicos. 150 x 125 cm, 2024.
Estas ideas transforman la manera en que se puede admirar sus pequeñas piezas alrededor de la sala. Una instalación de gabinetes de madera compone De paseo por el jardín, con elementos orgánicos e inorgánicos como fómix, tachuelas, alambres finos, ramas y pequeños retazos de tela. Un total de 130 piezas y solo 52 exhibidas que sostienen este bosque imaginario. Naomi Moreira desarma la anatomía del árbol: su raíz, su torso y su copa, para diseñar infinitas formas de reinterpretarlos. Si los observamos detalladamente, descubrimos la manera en que se inventan a sí mismos, coronados de follaje o desnudos, siguiendo una constante danza que podría multiplicarse si así lo quisiera la artista.

Imagen 4. Detalle de la pieza de paseo por el jardín.
Las piezas se encuentran resguardadas en gabinetes de madera como pequeños tesoros coleccionables, que despiertan la mirada íntima del niño que fuimos: aquel que podría llegar a entender, con la sabiduría del asombro que los árboles son el latido vital de la tierra. Es un tierno, pero firme manifiesto poético; un eco que, como en la fábula del Lorax, nos advierte del mundo que nos separa si dejamos que el último árbol se vuelva ceniza y recuerdo.
Insectos, reinas de jardín, hojas y orugas personificadas cobran vida tras haber habitado diferentes trazos a través del agua de las acuarelas, el alma del grafito y el polvo de las tizas pastel. Una fauna mágica embellecida por los tonos de nuestra propia tierra: el magenta vivo de las orquídeas de la Amazonía, el verde profundo de los bosques nublados, el violeta azulado que detalla en un colibrí coronita aterciopelada, el amarillo encendido de un guayacán en flor de Loja, el café de la corteza ancestral del canelo y el dulce rosa que decora a la mariposa madreperla o al saltamontes de la selva.
Imagen 5. El llanto ahogado de una reina de jardín. Acuarela sobre papel, 21 x 14 cm, 2026. /Imagen 6. La plaga. Lápices de colores, tizas pasteles, tinta china y bolígrafo sobre papel, 29 x 21 cm, 2020.
Estas criaturas nacen bajo la forma del dibujo, fluyen como trazos en los cuadernos infantiles y en la sala de la exposición. Al observar sus gestos pícaros y su vibrante expresividad nos sumergimos en un universo ilustrado. Es como si tropezáramos con un fotograma perdido de una caricatura animada a mano. Un posible viaje onírico donde el aire y la curiosidad de Alicia en el País de las Maravillas se mezclan con la mística y la extrañeza vegetal de Más allá del jardín. Un bosque de papel y color donde el misterio y la vida vegetal reclaman su propio cuento y en el que estamos a la expectativa de saber quiénes son estas criaturas.
S/T realizada en acuarela sobre papel, nos muestra una oruga anciana y provista de alas sobrevolando un jardín rebosante de flores cromáticas. Sus gestos delatan el peso del cansancio, una fatiga suspendida en el aire. Hay algo que anteriormente mencioné sobre un posible magnetismo en la pieza y en toda la muestra que hipnotiza la mirada en sus tonalidades vibrantes. Esta vieja viajera vuela con dificultad, batiendo sus alas con lentitud, pero en sus ojos habita la certeza de que sabe perfectamente hacia dónde dirigirse.

Imagen 7. S/T. Acuarela sobre papel, 21 x 14 cm, 2025.
Trazos superpuestos y veladuras en tonos café, rosa y verde configuran un paisaje que lejos de incomodar, abraza al espectador, un paisaje que se siente extrañamente familiar, como un lugar recuperado. La propia oruga lleva en su cuerpo la misma herencia cromática: trazos de amarillo, rosa y verde que la mimetizan con el fondo y la vuelven parte del mismo ecosistema. Si este dibujo pudiera hablarnos, lo haría con la ternura de una técnica infinitamente adorable y un carisma emocional que conmueve las fibras más íntimas de quienes lo observan.
Me interesa especialmente que Naomi Moreira no intenta hablar de la naturaleza desde una distancia contemplativa. Ella se incluye dentro de ella. Al pensar en los árboles y preguntarse qué significaría sentir como uno, desplaza la separación que solemos tener entre lo humano y lo no humano. El árbol deja de ser simplemente algo que vemos y se convierte en alguien o algo que imaginamos capaz de experimentar, de permanecer, de perder y de recordar. Desde esta premisa, su propuesta adquiere también una dimensión política y ambiental, aunque nazca de un lugar profundamente íntimo.
Quizás por eso la frase que da título a la exposición El árbol que olvidó cómo correr, me resulta sugerente. Un árbol no corre, pero otorgarle esta posibilidad o característica humana, la artista también le concede una experiencia que asociamos con nuestro propio cuerpo. El árbol, posiblemente, comienza a parecerse a nosotros, mientras nosotros intentamos parecernos a él. Hay algo extraño y poético en ese intercambio que por un momento dejamos de mirar al árbol para intentar imaginar qué significa existir como uno.
Y pienso que es precisamente ese cruce donde la experiencia del espectador también encuentra un lugar. Cuando ingresé a la exposición sentí una sensación de nostalgia y familiaridad, reconociendo en sus cuadernos, sus colores y sus trazos algo que me remitía a mi propia infancia, pero mientras avanzaba, esas memorias personales comenzaron a encontrarse con otras: la memoria de los árboles de Naomi, de los lugares que habitó y de aquello que alguna vez estuvo allí. Sus recuerdos dejaron de pertenecerle exclusivamente y comenzaron a activar los míos.
Tal vez esa sea una de las posibilidades más sensibles de su propuesta: convertir una experiencia personal en un espacio donde otras memorias pueden aparecer. Naomi Moreira habla de árboles, pero en ellos también habla de pérdida, pertenencia, cuidado y transformación. El espectador, al momento de observarlos, termina preguntándose qué cosas hemos visto desaparecer, qué lugares todavía recordamos y qué significaría, aunque fuera por un instante, mirar el mundo desde una forma de vida distinta a la nuestra.
Es curioso el sentimiento que se tiene al momento de finalizar el recorrido. Fue como si estuvieras conociendo a Naomi Moreira de nuevo, pero esta vez, descubrieras otra parte de ella más conectada con lo emocional.
¡Gracias por tu tiempo, Nao!
Lucía Merchán Solórzano
(Guayaquil, Ecuador, 2003)
Es estudiante de Artes Visuales en la Universidad de las Artes, donde cursa el itinerario de Curaduría. Su práctica se centra en la investigación y exploración de temas relacionados con la afectividad, el biocentrismo, la sociología y las relaciones entre el ser humano y la naturaleza.
Ha participado en la curaduría de exposiciones colectivas de estudiantes de la Universidad de las Artes. Entre sus proyectos más destacados se encuentra Fragmentos que respiran, realizada en el Museo Municipal de Guayaquil junto a Leslie Cruz. Además, realizó prácticas de archivo y documentación en el CDH y colaboró en el proyecto «Artes, Mujeres, Memoria y Espacio Público», séptima edición, dirigido por las docentes María Fernanda López y Natalia Marcos, enfocado en problemáticas sociales y el trabajo colaborativo. Actualmente, realiza sus prácticas preprofesionales en el ILIA de la Universidad de las Artes.
*Credito fotográfico: Lucía Merchán


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