Entrevista a la poeta Siomara España, a propósito de la reedición de su más reciente libro, Cuerpo presente. En esta conversación nos adentramos en las potencias que tiene la escritura para construir un contraarchivo frente al que el Estado edifica para sepultar la memoria de los cuerpos que la violencia patriarcal ha arrebatado. En esa línea, la poesía se presenta como un medio para impedir que el olvido perpetúe la impunidad.
Por Natalia Marcos
Natalia: Siomara, el título de tu poemario Cuerpo presente evoca tanto el rito fúnebre como una afirmación de existencia. ¿Qué te motivó a escribir este poemario, especialmente, en un contexto de violencia de género, feminicidios, transfeminicidios y, sobre todo, desapariciones forzadas en Ecuador inusitadas?
Siomara: El título, inevitablemente, Cuerpo presente, remite de inmediato a la idea del momento fúnebre o el rito fúnebre. Estar ahí en cuerpo presente también significa que estos cuerpos que están en ese momento también convocando una comunidad, antes de que el cuerpo sea despedido. A mí me interesaba mucho trasladar este rito o este lenguaje poético para pensar cómo un poema, o un texto poético, puede encarnar un momento o un acto de acompañamiento. También como una forma de que estos cuerpos puedan decir estoy presente: aquí estoy, soy una voz, soy un cuerpo que se vela, soy un cuerpo que está aquí. Si pensamos en la trascendencia, de alguna manera esos cuerpos se observan desde arriba, desde otro espacio para, hablar y decir en otra voz lo que ha pasado. Esta, pienso, es una forma de defender la dignidad de la vida, de esas vidas que han sido arrebatadas
Natalia: Y en ese sentido, ¿cómo fue todo el proceso de investigación y, sobre todo, de confrontación emocional, al transformar archivos de violencia estatal, también periodísticos, y testimonios de tortura en un lenguaje poético?
Siomara: Este ha sido uno de los libros más complejos que he escrito, fueron alrededor de seis años de escritura en ese proceso. Fue también un tiempo de duelo permanente, porque no solamente me dediqué a reunir noticias, a entrevistar personas, a dialogar con parientes, familiares, amigos, sino también a trabajar con el archivo. Revisé muchos documentos y convertí, de alguna manera, esa materialidad extremadamente dolorosa, terrible, en lo que es hoy, estos libros —y digo libros porque ya van tres ediciones de Cuerpo presente—. Y lo que pasé en ese proceso fue, ―parecerá una visión muy íntima, muy personal, inclusive muy individualista―, pero sí, escribir sobre estos temas te lleva a comprender que nadie sale ileso cuando miras de frente la violencia. Uno de los mayores desafíos en ese momento, consistía en evitar que el poema, o los textos poéticos, reprodujeran un espectáculo necrofílico, un espectáculo del horror o de crónica roja. Porque ese era también el riesgo: que los poemas pudiesen abordar el morbo. Más bien lo que me interesaba era describir la violencia, no para impactar lectores o lectoras, no me interesaba de ninguna manera el espectáculo; más bien lo que he intentado hacer durante todo este tiempo es pensar en un archivo de la memoria. Un archivo que también nombre, un archivo de afectos, un archivo donde cada persona vea que detrás de esos nombres y de esos seres humanos que estaban ahí había otras personas que quedaban. Y eso era básicamente lo que me movía a escribir, por eso fue quizás un proceso lento, que abandoné en muchas ocasiones porque, te sientes vulnerable y te vulnera, sobre todo cuando investigas. Investigué mucho archivo judicial.
Natalia: Hablar de la memoria es una forma, podríamos decir, de luchar contra el olvido institucionalizado, contra lo que muchas veces llamamos, desde la sociología, por ejemplo, las políticas del olvido que se dan desde el poder. ¿Consideras, en este sentido, que la poesía puede funcionar —no sé si llamarlo así— como un expediente judicial alternativo, o una forma de justicia simbólica, quizás, para las víctimas?
Siomara: Siempre se ha pensado en la función de la poesía, no es un tema nuevo, muchos escritores lo han planteado. A estas alturas, en este punto de mi vida, no sé si la poesía, tenga de alguna manera una función. Tampoco pienso que la poesía pueda sustituir a la justicia. No sé si se le pueda pedir al arte aquello que corresponde al Estado. Pero si me he preguntado muchas veces si a este libro se le puede atribuir una función, de lo que si estoy segura es que el arte feminista puede ser una herramienta poderosa para nombrar y este libro intenta de alguna manera, trabajar el sentido del recuerdo, de la memoria. Mientras un expediente busca probar un hecho, yo creo que un poema puede impedir que las víctimas desaparezcan del imaginario, tanto del imaginario más pequeño como del imaginario colectivo. Nombrar es un acto importantísimo. Nombrar es generar presencia, nombrar es desenterrar ese puñado de nombres, extraerlos del momento en que el Estado o la justicia, los ha olvidado. La poesía es entonces un espacio de justicia simbólica que devuelve, nombres, rostros, también humanidad, a quienes fueron reducidas muchas veces, a un número o una efímera noticia de prensa. Y por lo tanto creo que este libro, o la poesía, puede ser una herramienta para impedir que el silencio termine por absolver a los culpables de estos delitos. Es importante saber que detrás de cada nombre de estas mujeres que ya no están, hay culpables e impunidad.
Natalia: Históricamente, la violencia política —que también es económica, que también es simbólica, es social, es cultural— ha ensañado sus métodos de guerra, como también dice Rita Segato, en el cuerpo de las mujeres y también de las disidencias. ¿Cómo aborda este poemario la especificidad de la violencia de género dentro, sobre todo, de lo que es la represión estatal?
Siomara: Sabemos que históricamente el cuerpo femenino ha sido reducido a un territorio donde se inscriben todas las violencias y las relaciones de poder. No se agrede únicamente a una mujer, se agrede a lo que representa ser una mujer, dentro de una sociedad: su autonomía, su deseo, su capacidad de decidir, su libertad. En ese sentido, la idea de este Cuerpo presente es que el cuerpo deje de ser un objeto sobre el cual se ejerció la barbarie, para convertirse, en un lugar donde habita una memoria. Este libro también habla de transfemicidios, me interesaba incorporar la idea de transfemicidio, porque muestran que la violencia patriarcal también castiga todo aquello que desafíe la norma. Yo creo que, no solo estamos hablando de cuerpos individuales, sino también de una política de los cuerpos, donde estos cuerpos están inscritos en estas violencias patriarcales que no hemos podido superar hasta ahora. Tú nombrabas a Rita Segato; yo también estaba pensando, en Judith Butler, que no todas las vidas son consideradas igualmente llorables. Me interesa pensar en cómo hay cuerpos que parecen importar más que otros, inclusive cuando hablamos de femicidios y transfemicidios, pareciera que unos cuerpos importan menos, porque las condiciones sociales ya los han situado en un margen, en una periferia. Y frente a esa lógica, la poesía también puede convertirse en un espacio donde estas vidas puedan recuperar sus nombres, puedan recuperar su presencia, su dignidad. En este sentido también creo que ninguna muerte debe ser reducida a una cifra ni a una crónica, me parece muy importante pensarlo dentro de lo que queremos construir como país, como Estado, como sociedad.
Natalia: Entonces, la pregunta que quería hacerte ahora tiene mucho que ver con lo que acabas de mencionar, con esta idea tan fundacional del feminismo de los años setenta, de que lo personal es político. Y existe en tu obra, efectivamente, una mirada, que está vinculando lo íntimo con lo público, lo personal con lo político. ¿Se subvierte esta idea del cuerpo privado de las mujeres para convertirlo en un territorio de resistencia colectiva, de denuncia pública?
Siomara: Yo creo que este es un tema muy importante para pensar, y tal vez no encontremos las respuestas que queremos. El patriarcado durante siglos ha insistido en que el cuerpo de las mujeres pertenece al ámbito privado. De acuerdo con eso, un autor que me gusta mucho, Pablo Palacio, de la generación del veinte, un narrador de vanguardia extraordinario, escribió un ensayo, con el que se graduó de abogado, que se llama: De la propiedad de la mujer. Él plantea ¿de quién eran las mujeres? La respuesta irónica de Palacio es que era propiedad del hombre, y por lo tanto se posibilitaba que el marido matase a su mujer, porque era de su propiedad. Recuerda que en las leyes del Ecuador si un hombre encontraba, entre comillas, in fraganti de traición a su mujer, podían matarla inclusive a su amante. Pablo Palacio con este ensayo, nos indica que este era un tema que, para la década del veinte, ya estaba colocándose en la discusión, pero en pleno siglo XXI aún no se resuelve, la violencia, hoy por hoy, nos muestra cómo los cuerpos de las mujeres siguen siendo objeto de regulación pública, jurídica, religiosa, política.
Natalia: Claro, la mujer siempre ha estado sometida al precepto del padre, del sacerdote. Y a la política, por supuesto, que le dice quién es su amo y señor, o quién era.
Siomara: Eso es, de alguna manera, lo que la poesía rompe, pienso en voces que han sido importantes en mi vida, en mi poesía, poetas como Anna Ajmátova o Wisława Szymborska, que hicieron de su cuerpo un territorio de soberanía y palabras, para quienes escribir y recordar bajo el terror, significó también enfrentarse al poder y resistir al borramiento de los cuerpos; o las latinoamericanas, Blanca Varela, Delmira Agustini, esta última que dentro de su momento histórico, rompe la idea del cuerpo femenino como exclusivo objeto del deseo, en su poesía lo transforma en sujeto de goce y de disfrute, al atreverse a romper el paradigma, la vida de Delmira termina en tragedia, (es el primer feminicidio de una mujer poeta), entonces, cuando una mujer es asesinada por ser mujer, no ocurre únicamente una tragedia familiar, fracasa toda una estructura social, por eso creo que Cuerpo presente convierte la experiencia íntima del duelo del que te hablaba al principio— en una conversación colectiva, o por lo menos esa es la aspiración: que el cuerpo deje de ser un espacio de propiedad, para convertirse en un espacio de memoria compartida y publica, donde pensemos qué estamos haciendo como sociedad. Ahora mismo vivimos en un momento de violencias extremas y la pregunta es totalmente necesaria.
Natalia: Hablando de estas violencias extremas, inusitadas, sobre todo que vienen creciendo de manera exponencial —podríamos plantearlo en términos de hipótesis desde el dos mil diecisiete hasta la actualidad, en el Ecuador, con los tres últimos gobiernos, de corte neoliberal, que han tenido una política de la muerte, sobre todo, sobre —como tú dices— ciertos cuerpos, ciertas poblaciones, feminizadas, racializadas, empobrecidas, volviendo a esta idea de Judith Butler de que hay cuerpos que importan y son llorables, y otros cuerpos que no importan y no son llorables. En ese sentido, vemos que Ecuador está enfrentando una crisis, podríamos decir, de derechos humanos, y una violencia inusitada. ¿Qué mensaje crees que tiene, en este contexto, Cuerpo presente, para las nuevas generaciones, sobre todo de activistas y de lectoras y lectores, ¿en el contexto actual?
Siomara: Cuando pienso en el compromiso social automáticamente me remito a la época del Realismo Social, y es un tema que me inquieta, me da vueltas en la cabeza: pensar si existe una responsabilidad dentro de la poesía, o en quienes escribimos. No lo sé en realidad. Yo creo que soy testigo de la época que me toca vivir, y sobre eso puedo y debo escribir. Escribo también porque para mí es importante tomarle el pulso del tiempo que uno habita y de alguna manera contribuir, si se tiene un poco de voz para hacerlo. La poesía y el arte en general son herramientas profundamente políticas, en este sentido Cuerpo Presente intenta mostrar que la violencia no desaparece cuando termina un gobierno, o cuando un caso deja de ocupar los titulares de la prensa, que eso es lo que regularmente ocurre. Estamos también en una época donde lo efímero es parte concomitante de nuestra existencia.
Entonces, ¿cómo lograr que esos titulares de prensa no desaparezcan con la misma rapidez con la que irrumpen, que no sean sustituidos por otros rostros, otras violencias, otros discursos? ¿Cómo interpelar las estructuras que hacen posibles las desapariciones, los feminicidios, los transfemicidios e, incluso, la deshumanización de ciertos cuerpos? ¿Cómo quebrar esa indiferencia que parece instalarse cada vez con mayor fuerza en nuestra cotidianidad? Creo que, en un tiempo en el que la información circula a una velocidad apabullante y una tragedia desplaza inmediatamente a la anterior. Entonces el mensaje posible es pensar que cada acontecimiento doloroso reclama otro ritmo: el de la pausa, la reflexión, la discusión colectiva, dejar los individualismos y recuperar el nosotros.
Natalia: Hay toda esta lógica de la espectacularización, también de los crímenes, y, como tú dices, en esta fluidez y en este consumo rápido justamente lo que se genera es una impunidad también, no solamente desde el poder, sino desde la corresponsabilidad que tienen los medios de comunicación, que están espectacularizando sobre todo estos crímenes, estas desapariciones forzadas, y las están reduciendo a una noticia consumible y descartable, como cualquier otra. Entonces hay ahí una corresponsabilidad de quién escribe y quién está narrando, desde qué lugar de enunciación. Y hay, en general, permanentemente, sobre todo en la prensa más amarillista, una constante revictimización de las víctimas, y muchas veces un encubrimiento a los agresores, que también es un clásico del sistema judicial.
Siomara: Sí, pero también desde quien recepta, ese es otro de los retos, cuando esa información pasa demasiado rápido, se vuelve efímera, porque las redes sociales te invitan a eso. La poesía está reclamando otro ritmo, es el ritmo de la escucha, detenerse, permanecer. Si alguna función tiene un libro, o este libro en particular, es invitar precisamente a no pasar tan rápido la página, sostener un rato la mirada sobre aquello que lastima, que duele, a veces solo queremos pasar velozmente, pero mientras una sola víctima permanezca sin nombre, sin justicia o sin duelo, creo que ahí hay una labor de corresponsabilidad.
Natalia: Claro, y de toda la sociedad. Hay también una corresponsabilidad, porque justamente nos volvemos insensibles ante el dolor, ante el sufrimiento, ante la crueldad, ante la deshumanización, ante la impunidad. Y eso también es un efecto buscado, podríamos decir, desde los múltiples poderes patriarcales que operan en nuestras sociedades. Quiero terminar con dos preguntas. Hablaste mucho de feminismo, hablaste mucho del sistema patriarcal. ¿De qué manera crees que el feminismo, o los feminismos en plural, te otorgaron herramientas teóricas, sensibles o políticas, para narrar precisamente el dolor de otras, de otros, sin caer en esta revictimización tan frecuente?
Siomara: Bueno, hay que hurgar un poco en la memoria. No sé exactamente cuándo empecé a pensar en el feminismo, o los feminismos, como una parte de mi vida, aunque haciendo una retrospectiva, creo que tiene que ver mucho con quién soy yo, ese lugar de enunciación. Yo vengo de una familia absolutamente matriarcal—, de una mamá con siete hijas mujeres, bregando siempre. Entonces, creería que está desde el inicio, desde la familia, desde la casa, los afectos que vienen de ahí. Y luego, claro, viene tu propia búsqueda, pensar esos territorios en los que habitas, en esas formas de equidad, que básicamente es lo que buscamos casi todas y eso no es posible si no pensamos que somos parte de un mismo todo y por lo tanto hay que trabajar también desde la educación. Este es un punto que me parece sumamente importante, porque tus preguntas tienen que ver con lo terriblemente injusta que ha sido la historia con las mujeres: cómo nos han construido, quiénes nos construyeron. Entonces, pensaba en Virginia Woolf, cuando va a dar su famosa conferencia y busca información en libros que le den, de alguna manera, una luz sobre lo que va a decir sobre lo que habían escrito las mujeres, ahí descubre una gran cantidad de libros de hombres que han escrito cómo somos las mujeres, cómo tenemos que ser, amar, pensar, vivir, habitar el espacio que nos dan, que es el espacio del hogar, el espacio doméstico casi siempre. Y entonces, claro, uno va pensando cómo ha sido esa forma de construirnos, y cómo nos deconstruimos de aquí en adelante, y ahí viene la literatura, para echarnos una mano. Yo leí hace mucho tiempo La loca del desván, y me quedé un poco loca también, pensando cómo estas formas de aproximarse a la literatura de mujeres siempre han sido consideradas en general, “menores”. Eso nos da apertura para plantear nuestra vida futura, nuestra vida dentro de los espacios domésticos, laborales y académicos, sobre todo estos últimos que son propicios para formar dando herramientas que vayan por ese camino.
Natalia: Tras habitar estos temas tan densos, tan dolorosos, que seguramente te tocaron fibras muy íntimas, ¿hacia dónde se dirige ahora tu búsqueda literaria? ¿Es posible seguir escribiendo después de Cuerpo presente? Cuéntame, ¿en qué andas en ese sentido?
Siomara: Ay, qué pregunta, ¿sabes qué? Después de escribir Cuerpo presente en poesía no he publicado nada más; es muy curioso, porque no he logrado salir de ese libro. Cuando lo publiqué en España, en el dos mil veintidós, salir ya fue muy difícil: presentarlo, caminar con él. Lo presentamos en diferentes ciudades; también en Estados Unidos; luego me pidieron realizar una traducción en inglés y estuve trabajando con la traductora. Y yo decía: bueno, ya después de esto voy a soltarlo. Y luego llegó otra edición en Ecuador en dos mil veinticinco con presentaciones, lecturas, un continuum. Ahora, llega esta tercera publicación que acaba de salir en Perú, a propósito de la Feria del Libro de Lima y revisarlo es reabrir otra vez la herida en la escritura, aunque no sea mi herida, mi dolor, si es el dolor de todas. Mientras revisaba el libro, me venían a la memoria otros nombres, otras mujeres, la lista se sigue engrosando, y parece interminable, y entonces dices: ¿cuándo se va a terminar? Y quizás venga otra publicación, y seguiré hablando de lo mismo. Entonces creo que Cuerpo presente estará por un largo tiempo en mi vida, y lo celebro como un dolor gozoso, y lo presento también como un compromiso, porque, de alguna manera, los temas llegan a ti; en la poesía siempre me ha sucedido que los temas llegan; es una cuestión extrañísima que aparece quizás de forma casual. Siempre he escrito poemarios, desde mi segundo libro he trabajado temas que se han ido hilando. Lo mismo ha pasado con Cuerpo presente, ahora se sigue moviendo, y posiblemente esté con él un largo tiempo, aunque piense que lo he dejado. Paralelamente sigo trabajando en el ensayo, que también me interesa mucho; la idea es publicar un libro de ensayo sobre mujeres en la poesía ecuatoriana, un libro concebido desde hace tiempo, producto de un trabajo de investigación.



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