Por Lucía Merchán
Al adentrarme en el colorado y oscuro ventanal del espacio, lo que me golpea primero no es la luz cálida, ni el impactante ambiente del Monte Fuji tan rojizo como el Yahuar, sino la forma hogareña de invernadero que se posa en el centro de la sala del museo y llama al espectador a acercarse, a familiarizarse con ella. Los fósiles de las plantas no están pintados ni impresos en la vitrina, parecieran incrustados, como si el tiempo los hubiera mantenido vivos junto a su último suspiro, y ahora se muestran dentro del vidrio de la misma forma del recuerdo que los acompaña.
La obra es abrazada por el tiempo del guayacán blanco, duro y denso, que actúa como exoesqueleto del refugio donde se presentan seis estantes horizontales que muestran 24 fósiles de flora incrustados. Se parecen a una impronta morfológica, con posibles despliegues en forma de pluma iguales a helechos, redondos a la manera de margaritas, copas cual rosas, plantas alternadas con formas de lirios, pequeñas flores como lavandas. La lista de láminas continúa expandiéndose cada una equiparable a un mundo independiente que brilla como si hubiera un punto de calor, mientras se atenúa, creando sombras suaves y profundas siluetas botánicas.

Invernadero, cortando el frío, de Charlotte Förster. Crédito: Lucía Merchán
Ana Charlotte Förster Gómez de la Torre es una artista ecuatoriana que explora la fragilidad, la memoria y la presencia. En su exposición Lo que se marchita, ubicada en la Sala de Arte Contemporáneo II, curada por Mónica Espinel, exhibe cinco obras que perduran en el tiempo. Förster trabaja con materiales reconocidos dentro de su práctica artística como la cera de abeja, cerámica, cemento, aluminio, alambre y especies naturales. Su obra es una forma de dejar de ver lo natural como un segundo sujeto y empezar a apreciar la simbiosis que se manifiesta: una construcción tanto física como emocional de cuerpo entre cuerpo.
En el texto curatorial se menciona una frase célebre de la obra El Principito de Antoine de Saint-Exupéry donde alude a la capacidad de atribuir características humanas a las flores o formas orgánicas; sin embargo, hay una frase que pesa más: «Eres responsable para siempre de lo que has domesticado». Aunque esta frase se refiere originalmente al vínculo entre el zorro y la rosa, conecta de inmediato con la exposición: no plantea que el ser humano sea dueño de lo vegetal, sino que existe un vínculo de responsabilidad mutua, nacido del cuidado que implica domesticar —es decir, crear lazos—. En el proceso de construcción de las obras, esos vínculos con el entorno y el cuidado están presentes de principio a fin.
Desde esta premisa, las obras hablan de una conexión desde lo natural o espiritual. Al personificar las plantas y mencionar que sienten y contienen memoria, al igual que el ser humano, la artista conecta profundamente con el biocentrismo, una corriente que defiende el respeto hacia todos los seres vivos, partiendo de la premisa de que todos comparten un elemento común: la vida. En la obra Invernadero, cortando el frío, hay una posible evocación a la ausencia. Puedo observar las flores posadas en los cristales, pero al tratar de identificarlas, aparecen recuerdos resguardados: no busco el nombre de la flor, sino el instante que ella guarda, de lo que fue y lo que podría llegar a ser.
Detalle de la flora de Invernadero, cortando el frío. Crédito: Lucía Merchán
A medida que me acerco, la atmósfera rojiza del lugar me invade y el entorno se evapora para que la flora sea como el aleteo del quinde: reluciente e inquietante, pero admirable de ver. Förster configura un espacio para que observe la nostalgia que no quiere desvanecerse de mi memoria, una flora preservada. ¿Así el recuerdo de las flores permanece? ¿Qué tan dolorosa es la despedida? De lo terrenal a lo divino, el Monte Fuji, este coloso asiático, se alza en la distancia como el punto más alto de la isla de Honshu, en Japón, para invitarme a una inmersión sensorial en una atmósfera roja, cual lava volcánica.
Invernadero, cortando el frío me remite a la tradición budista que sostiene la conexión entre lo natural y lo humano, según la cual, si un solo elemento se ve afectado, los demás también sufren las secuelas de no proteger la marea de belleza y resiliencia de lo natural.
La antípoda del humano se ilustra en esta pieza que, sin nombres ni fechas incrustados en los fósiles de las plantas, me permite apreciar y reconocer la pureza que está presente en cada una de estas pequeñas formas vegetales. Aquí el volcán solo tiene que latir en el silencio; la estructura de madera, guardar y conservar ese instante de otro tiempo; y las huellas de las plantas, mostrarme lo vivido y lo que queda por vivir.
Lucía Merchán Solórzano
(Guayaquil, Ecuador, 2003)
Es estudiante de Artes Visuales en la Universidad de las Artes, donde cursa el itinerario de Curaduría. Su práctica se centra en la investigación y exploración de temas relacionados con la afectividad, el biocentrismo, la sociología y las relaciones entre el ser humano y la naturaleza.
Ha participado en la curaduría de exposiciones colectivas de estudiantes de la Universidad de las Artes. Entre sus proyectos más destacados se encuentra Fragmentos que respiran, realizada en el Museo Municipal de Guayaquil junto a Leslie Cruz. Además, realizó prácticas de archivo y documentación en el CDH y colaboró en el proyecto «Artes, Mujeres, Memoria y Espacio Público», séptima edición, dirigido por las docentes María Fernanda López y Natalia Marcos, enfocado en problemáticas sociales y el trabajo colaborativo. Actualmente, realiza sus prácticas preprofesionales en el ILIA de la Universidad de las Artes.



