Por Pablo Carrillo
Escuché el poema de la voz del actor británico Michael Caine, que, de paso, es uno de mis actores favoritos. Caine lee el poema sentado en la banca de un parque. Al escucharlo en el idioma original, el poema me deslumbró. No lo conocía. Inmediatamente lo busqué en la web. Lo leí y me sentí conmovido. Pasé una mañana entera con el sabor del poema en mí. Los versos regresaban a mi mente para mostrarme una fragilidad vital y, al mismo tiempo, una profundidad espiritual que el viejo Kipling proyectaba en dicha composición. Esa misma maestría ya la había saboreado cuando leí por primera vez El cuento más hermoso del mundo, en una de aquellas ediciones que recopilan obras recomendadas por autores importantes. En ese caso, el cuento de Kipling era parte de una lista que Borges nombró como relatos insignes de la literatura universal.
Aquel día, mis labores como bibliotecario se paralizaron. Cuando trabajas en una biblioteca, hay momentos en los que la inmensidad de la vida se hace más latente. Por supuesto, este estado de asombro, duda y contemplación se genera a partir de la lectura de una obra. El tiempo se desliza hacia una especie de imposibilidad. Se crea una burbuja de pensamiento. En ese estado es difícil regresar a lo cotidiano. Me sentí urgido. Busqué la traducción del poema al español y todas las que encontré se me antojaban insuficientes. Decidí, con más ingenuidad que deber, que era necesario hacerle justicia al poema y que podría hacer una buena traducción. Lo cual, ahora lo sé, fue un desvarío de mi arrogancia.
La voz poética en la composición original simula a un padre que aconseja a su hijo. Soy padre de una niña juguetona. Una de las cosas que el poema me hizo sentir fue envidia, de la mala. Me hubiese encantado ser el escritor de dicho poema, pero ante la realidad, me queda la consolación de la traducción. En ella alteré el género del poema original y lo cambié por el femenino. Me tomé otras licencias que el lector notará. No pienso que haya hecho una mejor traducción que las anteriores. Hay una gran pérdida de la poética del idioma original al español. Toda traducción, de alguna forma, será insuficiente. La magia del inglés en este poema es apabullante. En estas condiciones, debo declarar algún tipo de fracaso. Aun así, espero que disfruten de este ejercicio de creación y destrucción de sentidos.
IF
By Rudyard Kipling
If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you,
If you can trust yourself when all men doubt you,
But make allowance for their doubting too;
If you can wait and not be tired by waiting,
Or being lied about, don’t deal in lies,
Or being hated, don’t give way to hating,
And yet don’t look too good, nor talk too wise:
If you can dream—and not make dreams your master;
If you can think—and not make thoughts your aim;
If you can meet with Triumph and Disaster
And treat those two impostors just the same;
If you can bear to hear the truth you’ve spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to, broken,
And stoop and build ’em up with worn-out tools:
If you can make one heap of all your winnings
And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings
And never breathe a word about your loss;
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
Except the Will which says to them: ‘Hold on!’
If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with Kings—nor lose the common touch,
If neither foes nor loving friends can hurt you,
If all men count with you, but none too much;
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds’ worth of distance run,
Yours is the Earth and everything that’s in it,
And—which is more—you’ll be a Man, my son!
Si acaso
Interpretación y traducción
Pablo Carrillo Hernández
Si acaso puedes conservar tu entereza
cuando todos a tu alrededor la están perdiendo
y te culpan por su naufragio;
si acaso puedes confiar en ti misma
cuando todos duden,
y, sin embargo, considerar su duda gentilmente;
si acaso puedes esperar largo tiempo por una cita infructuosa
y no sentirte desesperada por el silencio de la espera,
o ser engañada y no retribuir engaños a otros seres humanos,
o ser odiada, sin odiar a nadie,
y aun así no considerarte demasiado buena o demasiado sabia.
Si puedes soñar y no permitir que los sueños devoren tu vigilia
si puedes reflexionar y no hacer de la reflexión tu propósito
si puedes bailar sensualmente con el triunfo y el desastre
y acariciar a esos dos impostores como a uno mismo,
si puedes escuchar la verdad que tus labios erigieron
tergiversada por insensatos que buscan controlar e impresionar a tontos;
o contemplar aquello por lo que decidiste jugarte la vida, quebrado,
y tomar del suelo los pedazos, y reconstruirlos con herramientas inadecuadas;
Si puedes hacer un montón de todos tus logros
y apostarlos a una mano de piedra, papel o tijera,
y perder, y empezar desde el inicio
y nunca pronunciar palabra alguna acerca de tus pérdidas;
si puedes gobernar a tu corazón, a tu temple, a tu entereza,
y aún consigues que sirvan a tus propósitos,
incluso mucho después de que se hayan ido,
y resistes cuando no hay cosa alguna en tu interior,
excepto la voluntad gritándoles desde el desierto: ¡Somos Hermanos!
Si puedes conversar con multitudes y mantenerte virtuosa
o caminar con reyes sin abandonar la posibilidad de reír fraternalmente
con cualquiera que se te cruce;
si ni enemigos ni amigos queridos pueden dañarte;
si todos los seres humanos pueden contar contigo,
pero ninguno demasiado;
si acaso, puedes abrazar con afecto el minuto inexorable
con sesenta segundos de distancia vivida,
tuya será la tierra y todo lo que hay en ella
¡y, lo que es más, serás una persona cabal, ¡Hija mía!