Hay partidos que terminan con el pitazo final y otros que continúan en los libros. La trilogía futbolera de Juan Villoro pertenece a esos relatos donde el balón sigue rodando mucho después del último gol.

Por Damián De la Torre Ayora

Calentamiento

Todavía no rueda el balón, pero el partido ya empezó. Comienza cuando alguien ajusta el último cordón de sus zapatos, cuando una madre busca con la mirada a su hijo desde las gradas, cuando el vendedor de cervezas calcula cuántas gargantas secará esa tarde o cuando un hincha aprieta una entrada que, durante toda la semana, fue un boleto hacia la ilusión.

Los jugadores trotan. Estiran las piernas, prueban los botines, intercambian pases cortos. Desde la tribuna, esos movimientos parecen apenas una rutina, pero en realidad son un lenguaje silencioso. Cada toque al balón intenta convencer al cuerpo de que está listo para resistir noventa minutos de incertidumbre. El calentamiento no prepara únicamente los músculos, pues también ordena las emociones.

En las gradas también se sienta un cúmulo de sensaciones. Una bandera se despliega, un bombo marca la primera nota de una barra, alguien ensaya un cántico que otros terminarán haciendo suyo. Poco a poco, miles de personas dejan de ser individuos para convertirse en una sola voz.

El marcador sigue intacto y todos los desenlaces continúan siendo posibles. Nadie sabe quién celebrará ni quién regresará cabizbajo. Lo único seguro es que, cuando el árbitro dé el pitazo final, ya no habrá marcha atrás.

Quizá por eso el fútbol sigue convocando a millones de personas. Antes de cada partido existe un breve momento en que la realidad suspende sus certezas y concede el raro privilegio de creer que cualquier historia puede escribirse.

Es justamente desde ese lugar, donde la emoción precede a la explicación, y desde donde el escritor mexicano Juan Villoro decide entrar a la cancha. Esto ocurre en cada uno de los libros que componen su trilogía de textos futboleros: Dios es redondo, Balón dividido y Los héroes numerados, publicada por Seix Barral (Planeta).

Primer tiempo: la pasión como patria

Hay pasiones que no se eligen, pues llegan antes de que uno tenga edad para entenderlas y se quedan como una herencia imposible de devolver. Eso es Dios es redondo.

Villoro aprendió sobre el fútbol en casa. De su padre, el filósofo catalán Luis Villoro, heredó una simpatía inevitable por el Barcelona, un vínculo que cruzaba el Atlántico y que hablaba tanto de identidad como de deporte. Solo que el corazón, caprichoso como un balón mal rechazado, decidió instalarse también en otra parte. Eligió al Necaxa, club de nuestro Álex Aguinaga, de quien es devoto, un equipo que durante décadas hizo del sufrimiento una forma de fidelidad. Allí comenzó una historia de amor que no necesitó títulos para justificarse y solo bastó la infancia.

Esa es la primera gran revelación de Dios es redondo. El fútbol no se comprende desde la razón, sino desde la memoria. Somos del equipo que abrazó nuestros primeros domingos, del estadio que olía a césped húmedo, a papas de la María y empanadas de morocho, del gol que alguien celebró levantándonos en brazos cuando todavía no alcanzábamos a ver por encima del hombro de los adultos.

Portada de Dios es redondo, publicado en 2026 y reeditado 20 años después por Seix Barral.

Quizá por eso Villoro entiende que la pasión es una fuerza ambigua. Es capaz de reunir a desconocidos en un abrazo que dura apenas unos segundos y, al mismo tiempo, de despertar los peores impulsos. El estadio puede ser un santuario compartido, pero también un territorio donde las barras bravas convierten la pertenencia en violencia y la identidad en intolerancia. El mismo fervor que construye comunidad puede, llevado al exceso, justificar lo injustificable.

Esa contradicción atraviesa el libro de principio a fin. Esto, porque el fútbol nunca ha sido solamente un juego. Es un escenario donde se proyectan las virtudes y las miserias de quienes lo observan.

Hidratación: No estoy de acuerdo con las pausas. Con la tinta de Villoro desbordando por la banda y las letras ya en la cancha, el partido de la lectura se juega sin parar.

Martín Caparrós ha escrito que el fútbol es una de las pocas ficciones capaces de ser vividas como una verdad absoluta durante noventa minutos. Villoro parece dialogar con esa idea. Sus páginas están habitadas por hinchas que creen, dudan, sufren y regresan cada semana convencidos de que esta vez será distinto. La esperanza, en el fútbol, siempre juega de local.

No todos comparten esa mirada. También cita a Borges y Bioy Casares, quienes desconfiaban del fenómeno futbolero. Lo consideraban una exaltación de lo colectivo, una ceremonia donde la pasión suspendía el juicio crítico. Sin embargo, incluso esa distancia termina revelando algo esencial: el fútbol provoca adhesiones y rechazos con la misma intensidad. Nadie permanece completamente indiferente.

Villoro responde sin polemizar. Lo hace contando historias. Como la de Moacyr Barbosa, el arquero brasileño señalado durante medio siglo por el Maracanazo de 1950. Cuando murió, en abril de 2000, el país que había elevado a tantos futbolistas a la categoría de héroes apenas acompañó su despedida. El hombre que también había ganado campeonatos y construido una carrera brillante fue recordado únicamente por un gol que no pudo evitar. En el fútbol, la memoria suele ser menos justa que la estadística y mucho más persistente que cualquier trofeo, porque el balón no solo fabrica campeones, sino que también inventa fantasmas.

Ese mismo juego convirtió a Francia en campeona de 1998 y dejó a Brasil contemplando una derrota que parecía imposible; cuatro años después le ofreció una revancha perfecta en Corea y Japón. El fútbol vive de esas simetrías improbables. Un Mundial no corrige al anterior, pero convence a millones de personas de que la historia siempre concede una segunda oportunidad.

Y, si existe un nombre que resume esa lógica de caídas y resurrecciones, ese es Diego Armando Maradona. Ningún otro futbolista ha habitado con tanta naturalidad el cielo y el abismo. Fito Páez, al describir al Chico de la Tapa en uno de sus temas, dice que estuvo siempre “naciendo, muriendo y resucitando”. Eso encaja con lo que escribe Villoro sobre el Diego, quien dejó de pertenecer únicamente al deporte para convertirse en un relato colectivo, un personaje que sobrevive a cada generación que encuentra una nueva forma de contarlo.

En Dios es redondo no importa tanto el resultado de los partidos como aquello que dejan cuando el árbitro marca el final. Villoro entiende que los campeonatos terminan, los ídolos envejecen y las copas cambian de dueño. Lo único que permanece es esa obstinación infantil que hace regresar al hincha una y otra vez, convencido de que el próximo domingo volverá a sentirse como la primera vez.

Entretiempo: Villoro aprovecha la pausa para mirar el partido desde otra altura. Sus páginas transitan con la misma naturalidad entre la tragedia griega y un gol de último minuto, entre Shakespeare y una conversación de tribuna, entre la filosofía y el comentario del hincha que jura haber visto el mejor partido de la historia. Villoro convierte cada referencia en un pase preciso. Nunca presume erudición, la pone al servicio del juego y del placer de contar.

Segundo tiempo: el balón no es de uno solo

Con Balón dividido, Villoro sale nuevamente a la cancha. La pelota ahora rueda entre contratos millonarios, cámaras de televisión, redes sociales y una industria que convirtió a los futbolistas en marcas.

Como buen cronista, encuentra en la literatura un compañero de vestuario. Recupera a Juan Carlos Onetti, quien antes de convertirse en uno de los grandes narradores latinoamericanos fue albañil y vendedor de entradas del estadio. El narrador uruguayo coincidía con César Luis Menotti: “El fútbol es el único sitio donde me gusta que me engañen”.

Balón dividido (2026)

Entre todas las figuras que desfilan por el libro, ninguna alcanza la delicadeza con la que Villoro retrata a Lionel Messi. No empieza por los Balones de Oro ni por las vitrinas repletas de trofeos. Prefiere regresar al niño de cinco años que dejaba atrás a rivales mucho mayores con facilidad. Antes que un campeón, descubre a un chico que entendía el balón como una extensión del cuerpo, alguien para quien gambetear nunca fue un recurso, sino un idioma.

Claro que, si Messi representa la precisión silenciosa, Maradona encarna la contradicción permanente. En apenas unos minutos fue capaz de convertir el Gol del Siglo y la Mano de Dios, la obra maestra y la trampa, el genio y el pícaro. Dos maneras de entender el fútbol condensadas en un mismo partido.

Villoro también se detiene en esos futbolistas que parecían desafiar las leyes de la física. Ronaldinho jugaba con la sonrisa de quien conoce un truco que nadie más ha descubierto. Ronaldo Nazário, incluso cuando su cuerpo parecía desafiar el molde del atleta perfecto, seguía resolviendo partidos con una mezcla desconcertante de potencia y delicadeza. Ambos demostraron que la magia no depende del estado físico.

Hidratación: No necesitamos agua. Para esta pausa es mejor un café directo a las venas para encender los reflejos. La cancha sigue activa y la lectura exige estar bien despiertos. Uno no puede dejar de leer a Villoro… hay que seguir jugando.

Hay equipos que terminan pareciéndose a sus entrenadores. El Barcelona de Pep Guardiola es uno de ellos. Villoro lo describe con la fascinación de quien observa una carrera de Fórmula 1, por eso pide al lector que se abroche los cinturones. Tras leerlo, uno piensa en el famoso perfil de Gay Talese sobre Frank Sinatra que, al describirlo resfriado, dice: “Es un Ferrari sin gasolina”. Pues, al contrario, en el caso del Barcelona, los jugadores eran once bólidos en su máxima potencia.

También, Balón dividido cruza la línea de cal y entra a los camerinos, a las portadas de las revistas y a la maquinaria mediática que convierte la vida privada en un espectáculo. La relación entre Gerard Piqué y Shakira deja de ser un simple romance entre celebridades para ilustrar cómo el fútbol dejó de pertenecer exclusivamente al deporte y pasó a ocupar el centro de la farándula.

Uno de los capítulos más conmovedores es el dedicado al arquero alemán Robert Enke. Ser cancerbero implica convivir con una forma particular de la soledad: el error siempre se amplifica y el acierto apenas dura unos segundos. Enke, que durante años luchó contra la depresión, terminó quitándose la vida en 2009. Su historia recuerda que ni el éxito, ni el reconocimiento, ni los estadios llenos bastan para silenciar las batallas que se libran fuera de la cancha.

Y si Messi representa la discreción, Cristiano Ronaldo aparece como su espejo invertido. Villoro lo compara con Narciso, no para ridiculizarlo, sino para comprender una época. Su confianza puede parecer excesiva, incluso incómoda, pero responde a la lógica del espectáculo contemporáneo. Como escribe el propio autor: “Si Mick Jagger fuera humilde, los Rolling Stones tocarían en un garaje”. La provocación deja de ser un defecto para convertirse en parte del personaje.

Suplementarios: la heroicidad cotidiana

Después de recorrer la pasión del hincha y las contradicciones del fútbol moderno, Villoro cambia de estrategia. En Los héroes numerados ya no persigue un campeonato ni una biografía. Prefiere detenerse en aquello que casi siempre pasa inadvertido: una pelota, una camiseta, un abrazo, una rivalidad. Comparte que el fútbol también puede contarse desde los detalles.

Todo comienza con el objeto más simple y, al mismo tiempo, el más extraordinario: el balón. Retrocede miles de años para recordar que la primera pelota de hule nació en territorio mesoamericano, y cuenta cómo los olmecas transformaban la savia de un árbol en una esfera. Mucho antes de que Charles Goodyear patentara la vulcanización, las culturas prehispánicas ya entendían que una pelota podía contener algo más que aire.

No es casual que Villoro recuerde a Blaise Pascal y su imagen de Dios como una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna. La pelota termina siendo mucho más que un implemento deportivo: es una metáfora de la condición humana.

Los héroes numerados (2026)

Con la misma curiosidad cambia de tema y de época. A través de los ojos de Sofía observa cómo el fútbol femenino dejó de ser una rareza para convertirse en una conquista. Recupera aquel lejano 9 de mayo de 1881, cuando Escocia e Inglaterra disputaron uno de los primeros partidos entre mujeres, y recuerda las décadas en que dirigentes y médicos insistieron en que ellas no debían jugar porque un balón podía dañar sus cuerpos. La historia terminó desmintiendo los prejuicios. Lo que durante años fue relegado a los márgenes hoy ocupa estadios, pantallas y conversaciones. El fútbol también aprende a corregirse.

Hay objetos que terminan pareciéndose a quienes los usan. La camiseta deja de ser una prenda para convertirse en una segunda piel. No viste únicamente al futbolista; también abriga la memoria del hincha, la ciudad de la que proviene y los nombres que la hicieron inolvidable.

Villoro construye entonces un álbum donde conviven personajes imposibles de reunir en otro lugar. René Higuita aparece con la irreverencia que revolucionó el puesto de arquero y también con las sombras que lo llevaron a la cárcel. Franz Beckenbauer, el Káiser que conquistó el fútbol como jugador, entrenador y dirigente, es recordado tanto por su elegancia como por la imagen imborrable del Mundial de 1970, cuando siguió jugando con el hombro dislocado y el brazo inmovilizado. Ferenc Puskás representa al genio nacido en un país convulso; Luka Modrić, al niño que sobrevivió a la guerra para terminar gobernando el mediocampo del Real Madrid. Cada uno demuestra que detrás de los ídolos siempre hay una historia que comenzó lejos de los estadios.

También hay espacio para detenerse en una acción que ocurre decenas de veces durante un partido: el abrazo. Claro, no solo aparece el abrazo de gol, del festejo, sino ese otro clandestino, que sucede antes de un tiro de esquina. Un defensor sujeta al delantero con una intensidad que jamás representa una demostración de afecto. Es una falta, sí, pero también un reconocimiento silencioso, pues solo se abraza con esa desesperación a quien se teme y respeta.

El fútbol, al final, vive de sus rivalidades. Boca Juniors y River Plate explican buena parte de la historia argentina mucho antes de que ruede la pelota. México y Estados Unidos trasladan al césped una tensión política y cultural que se remonta a mucho antes de los estadios y atraviesa episodios que van desde la historia compartida hasta la figura de Porfirio Díaz. Los clásicos nunca empiezan con el pitazo inicial.

Eso es lo que distingue a Los héroes numerados. Villoro ya no necesita un Mundial ni una final para explicar el fútbol. Le basta seguir el recorrido de una pelota, la costura de una camiseta, el origen de un abrazo o la historia de las mujeres que decidieron jugar cuando el mundo insistía en decirles que no. Descubre que el verdadero protagonista nunca fue el marcador, sino todo aquello que permanece cuando el partido termina.

Pitazo final: Cuando termina la trilogía, uno entiende que el partido nunca concluye. Continúa en la memoria del hincha, en las historias que sobreviven a los resultados y en esa pelota que, como lo expone Villoro una y otra vez, siempre encuentra una nueva manera de volver a rodar.


Damián de la Torre Ayora

Periodista cultural ecuatoriano (Quito, 1984). Colaborador de la Revista Mundo Diners. Estudió Ciencias de la Educación, Lengua y Literatura y Comunicación Social. Fue editor y jefe de información de Diario La Hora. Ganador de los premios Eugenio Espejo UNP a mejor Entrevista/Perfil y mejor Crónica en revista; al mejor reportaje del Festival Artes Vivas de Loja, y Primer Premio de Periodismo Constructivo por la Universidad Nebrija.