Por Damián De la Torre Ayora

En los cuentos de La máquina de hacer pájaros (Páginas de Espuma, 2024), las aves no siempre vuelan. A veces anidan en el estómago. Otras ocasiones duermen en una jaula hecha de silencios. Y otras se pudren, se deshacen, caen.

Natalia García Freire, escritora ecuatoriana nacida en Cuenca (1991), vuelve sobre el territorio que viene explorando desde su primera novela. Retorna a ese lugar ambiguo entre lo delicado y lo monstruoso, entre lo doméstico y lo fantasmagórico, donde la ternura no se opone a la violencia, sino que la sostiene.

Con su ópera prima, Nuestra piel muerta, expuso que el tacto familiar, la relación padre-hijo, puede guardar más fantasmas que memorias. Después vino Trajiste contigo el viento, cuyo armazón rulfiano y guiños al realismo mágico mostraron la fortaleza femenina desde distintos rostros en el pueblo olvidado de Cocuán.

Ahora, su nuevo vuelo tiene a las aves como metáfora del lenguaje para mirar a la sociedad desde un péndulo que oscila entre la fragilidad y la furia. Once relatos breves, afilados, casi pequeñas piezas anatómicas, están construidos con paciencia de ornitóloga.

Las escenas están hechas de lo cotidiano. Una cocina, una habitación o el cuerpo de una mujer son descritos desde un borde que puede ser humorístico o siniestro en apenas una línea.

La locura de la transformación corpórea

Hay algo fundamental en estos cuentos. El cuerpo no es superficie ni ornamento, es el escenario del conflicto. En La máquina de hacer pájaros, la mente y la carne no se separan. Cuando algo se fractura en el pensamiento, el cuerpo lo registra y lo guarda para después expulsarlo. Los personajes se transforman no porque algo físico los modifique, sino porque la percepción comienza a operar de otra manera.

Esto lo personifica la escritora que pareciera sufrir de amnesia en el cuento Las Lumbres, porque cómo puede recordar algo hasta cuando Dios la ha olvidado. Así como lo encarnan las mujeres del psiquiátrico en Formas de reparar lo que no está roto.

Los trastornos, obsesiones, ansiedades y delirios no aparecen como diagnósticos clínicos, sino como formas de habitar la realidad. Las transformaciones corporales son íntimas. El modo en que una mano no toca lo que debería tocar, el silencio frente a una puerta que debería abrirse. Esas pequeñas alteraciones componen un mapa psiquiátrico del deseo, del miedo y de la memoria. Cuerpos que se tensan, que no duermen, que acumulan la historia familiar como una enfermedad hereditaria.

La máquina de hacer pájaros (2024) fue publicada por la editorial española Páginas de Espuma.

Los pájaros, entonces, funcionan como proyecciones de la mente en crisis. Son aquello que intenta escapar y, al mismo tiempo, la jaula y la fuga. Una psique que se defiende como puede, que inventa imágenes para no romperse del todo.

García Freire escribe cuerpos que piensan y pensamientos que duelen en el cuerpo. No hay separación posible. Lo psíquico es físico, lo físico es simbólico. Esa es la sutileza de su mirada: el sufrimiento mental no es un discurso, sino un temblor mínimo que el lector percibe sin necesidad de que nadie lo enuncie.

Lo pop como memoria afectiva

Hay algo más que recorre el libro como una música baja. La máquina de hacer pájaros también es un título que vibra con la cultura pop. Una resonancia directa con Charly García, con aquella banda y aquel disco de los setenta, donde el rock progresivo buscaba abrir una grieta luminosa en medio de un país oscuro como la Argentina de entonces (y quizás de ahora).

Claro que lo musical no se queda solo en ese ritmo. Las páginas también suenan a cumbia tropical y villera, a cuarteto cordobés. Esto hace que los cuentos no tengan un tono solemne, sino cotidiano. Es decir, introduce la cultura pop en el sentido de los registros populares que nos perforan los tímpanos sin que nos demos cuenta.

Las imágenes narrativas dialogan, sin decirlo, con un paisaje audiovisual compartido. Las telenovelas donde aprendimos a nombrar el amor antes de sentirlo. Los melodramas que nos enseñaron que llorar también es un lenguaje. No en vano uno de los relatos se titula Yo amo a Paquita Gallegos.

La alusión a los episodios de La Ley y el Orden donde el mundo parecía clasificar lo bueno y lo malo; o los parámetros paranoicos y encantados de Expedientes Secretos X, donde lo inexplicable no era raro, permite alimentar las transformaciones que van sufriendo los personajes. Si bien esto se exhibe en todo el libro, queda en mayor evidencia en Hasta que desearas dejar tu corazón sin sangre.

García Freire sabe que esa cultura televisiva, musical, doméstica, de sobremesa y radial es la que configura nuestra sensibilidad. Entonces, lo pop no es referencia ni cita académica: es textura emocional. Es el idioma común de una generación que creció entre el televisor y los cuadernos rayados con letras de canciones. La autora comprende que la sensibilidad se forma en la música que suena mientras lavamos los platos, en la novela que vemos sin admitir que la vemos, en la serie policial donde un crimen sí se resuelve.

Así, el libro se vuelve también una arqueología de lo que nos tocó. La cumbia como latido. El beber una gaseosa como rito familiar. La televisión como catedral doméstica. El pop como archivo afectivo. Y detrás de todo eso, una certeza: lo que nos construye no siempre es grandioso.

El padre como sombra

Si bien el padre aparece en cuentos como La máscara de oso o el abuelo Celsius en La balada del vaquero espacial, su figura siempre está presente más allá de ser nombrado. No necesariamente el hombre concreto que habita una casa, sino la idea como eje que organiza el mundo desde la autoridad. No es un personaje, sino una sombra estructural.

Hasta la ausencia del padre tiene peso. Es un vacío que ordena. Es esa mirada que nunca se sostiene, esa paternidad que nunca abraza. Es una figura que recuerda a Kafka por esa experiencia de ser hijo o hija (estas predominan en el libro) y sentirse mínimo, equivocado, fuera de lugar. Esa sensación de que uno es el insecto en la habitación.

Como personajes, las hijas son criaturas que aprenden a habitar la culpa antes que el lenguaje, pues están obligadas a callar. Entonces, la herida es íntima, pero también cultural. Un patriarcado que no solo se presenta como violencia, sino como una arquitectura emocional del abandono. Por eso, en los cuentos, la afectividad se vuelve rara y llena de interferencias.


Un aleteo final

Entre la mezcla de comedia y sordidez, así como de lo grotesco y lo tragicómico, la prosa de García Freire tiene una textura particular: es suave en su superficie, pero afilada en su interior. Cada palabra parece elegida por su peso, por eso los cuentos se leen con la sensación de que algo se desliza debajo de la piel.

Unos cuentos que atraviesan el territorio de lo fantástico, donde nada se explica del todo, pues no todo necesita explicación. La autora confía en la inteligencia sensorial del lector, en su capacidad para sentir antes que comprender.

Leer este libro es aceptar entrar en una casa donde todo parece normal y, de pronto, algo canta detrás de una puerta cerrada. No sabemos si es un pájaro, un recuerdo o un fantasma. Pero sabemos que algo está moviéndose. Y esa vibración es la literatura de Natalia García Freire. Una literatura que no busca respuestas, sino que afina el oído para escuchar lo que todavía no sabemos decir.


Damián de la Torre

Periodista cultural ecuatoriano (Quito, 1984). Colaborador de la Revista Mundo Diners. Estudió Ciencias de la Educación, Lengua y Literatura y Comunicación Social. Fue editor y jefe de información de Diario La Hora. Ganador de los premios Eugenio Espejo UNP a mejor Entrevista/Perfil y mejor Crónica en revista; al mejor reportaje del Festival Artes Vivas de Loja, y Primer Premio de Periodismo Constructivo por la Universidad Nebrija.