María Isabel Pérez

 

Noa viaja de Guayaquil al páramo andino con sus amigos para asistir a un festival de música de ocho días llamado Ruido Solar. En él se congregan jóvenes músicos, poetas, bailarines, artistas y buscadores de todo tipo para vivir una experiencia transformadora. Ella y Nicole escuchan el llamado del volcán: la erupción del Sangay cubre la ciudad con una capa de ceniza y pronuncia sus nombres. No hay vuelta atrás. El viaje inicia marcado por una catástrofe, que las amigas interpretan como una señal para salir de la ciudad y escapar de su violencia.

Esta primera parte de la novela está poblada de yachaks, cóndores, Diablumas, chuquiraguas, warmis cantoras, chagras, yeguas, drogas alucinógenas y estilos musicales híbridos como el experimental noise chamánico y el retrofuturismo thrash ancestral. El festival funciona en la historia como una puerta de entrada a un mundo en el que los sueños se mezclan con la vigilia y la muerte se funde con la vida. Una noche Noa empieza a caminar hacia atrás dormida y a oír voces antiguas.

Hay algo más. Al Ruido Solar llega mucha gente. Allí se encuentran chamanes, bodyhackers, gringos con poncho, tatuadores, artistas, médiums. Algunos llevan colgadas piedras divinas, porque creen que poseer “un poco de cielo los haría más andinos”, otros confían en la capacidad de la poesía, de la percusión o del baile y hay quienes leen el futuro con hojas de coca. En esta celebración de varios días, el arte recobra su función mágico-religiosa. Y funciona a la vez como un escape de una realidad violenta: en el resto del país hay muertos colgando de los puentes como resultado de conflictos territoriales narco-estatales.

En la segunda parte, Noa conoce a su padre. Él lleva unos cuadernos en los que escribe y relata en primera persona su historia: cómo fue su relación con Mariana (la madre de Noa), cómo experimentó la paternidad, cómo fue su infancia con su madre. En el bosque ha encontrado un refugio para su dolor y en los animales el afecto. Su vida silenciosa lo ayuda a sobrellevar la herida que le dejó ser “hombre, padre y muerte”. Su madre había sido una partera odiada por el pueblo, cuya habitación permaneció cerrada después de su fallecimiento. Cuando llega Noa, abre la puerta que deja su abuela hacia lo inframundano. Ella sigue las huellas, lee los conjuros, conjura la noche. La voz de Noa se parte en dos: una vieja y una nueva.

La tercera parte de la historia es un viaje inesperado. El Poeta, a quién conocen en el festival, convence a Noa y sus amigos de hacer un viaje con las cantoras y los Diablumas hacia El Altar para celebrar el Inti Raymi. Caminan durante horas atravesando el lodo negro del volcán y la noche. Cuando llegan a la laguna, el Poeta les ofrece “una ayudita” en un termo azul, las cantoras evocan la canción del tiempo y la conciencia se expande en saltos de sirenas y ballenas. Noa permanece con los ojos mirando hacia el interior de su cabeza y luego canta con dos voces mientras los demás bailan a su alrededor. Es la fiesta del sol.

La protagonista busca escapar de una ciudad sumida en la violencia hacia una vida menos regida por la muerte, pero el viaje le muestra algo distinto. Noa enfrenta al padre que la abandonó y oír su voz nos permite entender también su sufrimiento. Después encuentra el camino que su abuela ha dejado para ella hacia el origen. La transformación de Noa en un sol oscuro es, en realidad, un canto a la muerte.

Mónica Ojeda consigue crear un universo alucinante en el cual el mundo andino es presentado como una realidad mágica. Su narrativa tiene muchísimos elementos de la cosmogonía indígena que leídos desde Ecuador dan la sensación de haber sido escritos para un lector extranjero. ¿Para quién escribimos?, me pregunto. Pienso en múltiples respuestas, pero sobre todo pienso en el crecimiento que ha tenido el público lector de Ojeda. Además de los premios que ha ganado en los últimos años, esta novela es la primera de sus obras en ser publicada por Penguin Random House, una editorial con un amplio alcance a nivel mundial.

Considero que los momentos de la novela en los que se deja ver una violenta Guayaquil son los más poderosos, porque es su modo de abrazar el presente, cuando “el pasado es un decapitado y el futuro un niño con una pistola”. Esa violencia se asoma por momentos dentro de la fiesta y, en ese sentido, me recuerda a la novela Allá fuera hay monstruos de Paz Soldán. Hacia el final cuando todos se encuentran en El Altar, Pedro se transforma en piedra y su profundo lamento tiene ecos del Sollozo por Pedro Jara.

El tiempo en el cual transcurre la historia es rápido: algo entre una yeguada y una tormenta eléctrica. Es un ritmo sostenido que evoca un ritual. La pluralidad de voces permite al lector tener diferentes perspectivas sobre lo que va ocurriendo y adentrarse en el mundo interior de cada personaje. Poesía y música se mezclan en un baile febril que parte la tierra y nos muestra sus secretos. La vida y la muerte están hechas de lo mismo: piedra volcánica, agua cristalina, voces antiguas.

La autora ha compartido en su perfil de Instagram una playlist creada a partir de las referencias musicales presentes en la obra. Entre ellas se encuentran Cumbia chonera de Don Medardo y sus Players, Levanta muertos de Nicola Cruz, La conquistada de Los Jaivas, Song to the Siren de Tim Buckley y Im going in de Lhasa de Sela. Algunas de las canciones forman parte de la novela tanto a través de sus letras como por sus estilos híbridos. A la vez, dan cuenta de una forma de interacción por medio de redes sociales con su público lector, que es ahora, también, un lector-seguidor.

https://open.spotify.com/playlist/0eJZQbqNNUg1GmLj8m2t7Z?si=3a7777f330134e55