Briggitte Ponce

Pareciese que el comienzo de cada nuevo año trae consigo un evento de gran importancia, para bien o para mal. Así mismo, los primeros días del año 2024, una serie de hechos terminó de tensar la ya de por sí turbulenta situación del país. En retrospectiva, podría decir que aquello que experimentamos en los días previos a aquel hecho fueron, de cierta forma, una acumulación progresiva de señales inquietantes, de presagios. Todo comenzó el 7 de enero, con la fuga de José Adolfo Macías Villamar, alias Fito, un hecho que desató múltiples actos criminales en distintas provincias y que llevó al presidente de la república, Daniel Noboa, a declarar el estado de excepción al día siguiente.

A las 9:23 de la mañana del martes 9 de enero, mi celular vibró con una notificación. Como el de tantas otras personas, imagino. Por un momento pensé que se trataba de un mensaje rutinario, un familiar, una amiga, algún grupo de WhatsApp de la universidad. Pero al abrirlo me encontré con un texto larguísimo, reenviado como cadena. El mensaje empezaba así:

«MINISTERIO DE DEFENSA Y LA POLICÍA NACIONAL
 Recomiendan, debido a la inseguridad muy alta,
 los robos, secuestros, en todas las regiones del país.
 Tomen nota y por favor lean y pongan en práctica…»

A lo largo de trescientas ochenta y ocho palabras exactas, el texto enumeraba catorce recomendaciones de autoprotección para evitar ser víctima de la delincuencia. El cierre tenía un tono admonitorio, casi urgente:

«Todo el mundo debería tomarse 5 minutos para leer esto.
Puede salvar su vida o la de un ser querido.
Debido a tantos secuestros y asesinatos recientes,
aún durante el día es importante recordar algunas de las cosas
que se deben hacer en una situación de emergencia.
Esta información es para usted, hombre o mujer.
Es especialmente para que la comparta con sus familiares y seres queridos,
también con todos aquellos a quienes conozca.
Después de leer estos 14 consejos cruciales,
envíelos a alguien a quien aprecie.
¡¡Nunca debemos dejar de ser cuidadosos️!!»

Aunque su procedencia era claramente dudosa (no dejaba de ser una cadena de WhatsApp), el mensaje circuló con rapidez y contribuyó a instalar un clima de alerta que, pocas horas más tarde, tendría un correlato mucho más inquietante en la realidad.

Esa misma tarde, nuevamente, los celulares comenzaron a vibrar. Esta vez, lo primero que muchos —yo incluida— alcanzamos a leer fue una frase tan corta como aterradora en su simpleza: «Acaban de asaltar a TC Televisión».

Recuerdo que hubo un instante de incredulidad. Pensaba en mis padres, que seguramente estaban en casa, almorzando, descansando, pasando el tiempo frente al televisor, «¿Ya sabrán lo que está pasando?», había pensado. Algunas horas más tarde ellos me contarían cómo se enteraron de lo sucedido, habían encendido el televisor y, en TC Televisión, después de la nota de un reportero, la vuelta al estudio había mostrado una imagen desconcertante, el set completamente vacío. Sonaba la música dramática y tensa que solía anunciar una crónica roja, pero no había presentadores. Esa ausencia se prolongó durante casi dos minutos que se sintieron interminables. Ellos miraban la pantalla sin saber muy bien qué estaban viendo.

Finalmente, apareció un hombre encapuchado, vestido de negro, con una pistola en la mano. Revisaba lo que parecía ser una billetera. Avanzó, se detuvo, miró hacia fuera de cámara, hizo una seña. Entonces irrumpieron otros hombres, también encapuchados, cargando machetes, rifles y explosivos. Detrás de ellos, encogidos por el miedo, aparecieron algunos trabajadores del canal.

Los criminales posaban con gestos obscenos frente a la cámara, mientras los empleados permanecían amontonados en el suelo. Minutos después exigieron que les colocaran micrófonos. Uno de ellos se acercó al lente y dijo: “Estamos al aire para que sepas que no se juega con la mafia”. Desde fuera de cámara alguien avisó que había disparos afuera, otro respondió: “Que se vaya la policía”.

La escena que más circularía después en redes ocurrió enseguida, el periodista José Luis Calderón fue obligado a repetir amenazas frente a cámara, con un rifle y una pistola apuntándole. “Dile que tenemos bomba, sapo hijueputa”, ordenó uno de los delincuentes, mostrando una granada y un taco de dinamita que luego colocaron en el bolsillo del saco del periodista. Afuera se escuchaban disparos y gritos. Una voz femenina rogaba que cesaran. Poco después, unidades especiales de la policía entraron al canal, detuvieron a los atacantes y evacuaron a los trabajadores.

En la Universidad de las Artes, donde yo me encontraba, el caos también tuvo su propia forma. A las 14:29, mientras estaba en la biblioteca terminando un proyecto con unos compañeros, me llegaron dos mensajes consecutivos. El primero, en un grupo de la carrera de Literatura: «Compañeros, acaban de tomar TC Televisión». El segundo, en un grupo de una materia transversal, era un video donde se veía al periodista Calderón siendo amenazado. Al igual que yo, mis compañeros habían recibido los mismos mensajes. Desde ese momento, el ambiente cambió de manera abrupta.

Miles de personas interrumpimos nuestras actividades ante tal evento. A través de mi celular pude ver cómo en las calles de la ciudad el caos se hizo presente. Comenzaron a circular reportes de tiroteos en La Bahía y de hombres armados entrando a la Universidad de Guayaquil. Los videos mostraban a estudiantes corriendo, escondiéndose, atrincherándose en aulas, esperando que la situación se calmara.

Vi cómo los estudiantes empezaron a recibir mensajes similares. La incertidumbre se notaba en sus rostros. Libros abiertos quedaron abandonados sobre las mesas, laptops se cerraron de golpe, trabajos quedaron a medias. Algunos se asomaban a los ventanales que dan al centro, intentando entender qué pasaba afuera.

La gente afuera caminaba con prisa, visiblemente inquieta, y en cuestión de minutos las calles aledañas a la biblioteca comenzaron a vaciarse. Los autos pasaban sin detenerse siquiera ante los semáforos en amarillo, como si todos intentaran huir en simultáneo hacia un lugar más seguro. En paralelo, los grupos de WhatsApp de la comunidad universitaria comenzaron a llenarse de mensajes que relataban situaciones dispersas, pero igualmente alarmantes, estudiantes escribiendo que, en caso de que alguien necesitase un lugar donde refugiarse, podrían ir al Mz14; otros, resguardados en negocios cercanos; algunos preguntaban si aún se permitía ingresar a la biblioteca. Alguien respondió que sí, pero que había que presentar credencial de estudiante. En los minutos siguientes, otro mensaje informaba que ciertos profesores estaban dispuestos a acoger en sus viviendas a estudiantes que no tuviesen la posibilidad de regresar a salvo a casa, por lo menos hasta que las cosas se calmasen un poco. Mi temor ante tal situación también debió de ser notable, pues mi compañera intentó calmarme con unas pocas palabras de consuelo. Pronto comenzamos a guardar nuestras cosas, dado que ninguno de nosotros quería, ni podía, avanzar con el proyecto en medio del caos.

La biblioteca cerró sus puertas. A quienes permanecíamos dentro nos llamaron al primer piso. Se intentó mantener el orden, pero la tensión era evidente. Algunos lograron irse cuando algún conocido pudo recogerlos, otros se quedaron esperando. A los pocos minutos me llamó mi padre diciéndome que estaba esperándome afuera, así que salí cuanto antes. El me agarró de la mano y nos fuimos a paso rápido. Vi cómo los negocios bajaban sus cortinas con rapidez. A medida que nos alejábamos del corazón del sector comercial, el silencio en las calles se volvía más inquietante, apenas interrumpido por el murmullo de unos pocos carros.

Una vez que llegué a la seguridad de mi hogar, no me quedaba más que encender el televisor o revisar las redes sociales, esperando que, con el paso de las horas, todo empezara a estabilizarse.

Esa noche, en el mismo grupo de WhatsApp, aun cuando la preocupación seguía presente, tras la confirmación de la mayoría de los integrantes de haber llegado con bien a sus hogares, los ánimos parecían haber mejorado levemente y, quizás como una forma de liberar la tensión acumulada tras esa angustiante experiencia, algunos comenzaron a bromear. Alguien subió un video de un hombre disfrazado de Batman paseándose por lo que, si la vista no le falla a uno, parecía ser la misma ciudad de Guayaquil: «Ya salió Batman», escribió junto al video. Otro respondió: «José Delgado es mejor», a lo que un tercero acotó brevemente: «x2». Entonces alguien más escribió: «Jajaja ya mismo esta nota se convierte en ciudad Gótica jajaja». Otro siguió el chiste: «Tocará volverse un Batman, pero sin los millones».

En los días siguientes, muchas personas evitaron salir de sus casas. Algún tiempo después leería en redes el testimonio de una mujer que resumía bien el horror que muchos ciudadanos vivieron aquella tarde: «Ese día yo estaba trabajando y me dijeron lo que estaba sucediendo, entonces me fui por la avenida del Bombero… gran error. Estuve a cuatro carros de un carro donde mataron a un hombre. Ellos pasaron disparando a los carros. Quedé traumada a tal punto que, cuando paso por ahí, me acuerdo de los disparos y lloro. Me acuerdo de que tuve que manejar agachada por si venían otros disparando. Cuando habían disparado más adelante tuve que verme si no estaba sangrando, porque los balazos pasaron cerca. Estando en cámara no hicieron nada, gracias a Dios, pero al pueblo le hicieron mucho daño, mucha gente inocente murió ese día.»

Con el tiempo se dijeron muchas cosas, rumores insidiosos sobre posibles artimañas en torno al suceso.

Pero, independientemente de todas esas cuestiones, el terror que sentimos quienes vimos a esos hombres armados, sin miedo frente a las cámaras, y a aquellos otros que salieron a causar estragos en las calles, fue real.

SOBRE LA AUTORA:

Briggitte Ponce (Guayaquil, 2004) es estudiante de Literatura. Se interesa en el diseño editorial y la escritura de cuentos inspirados en sueños.