Allison Ramos Veliz
La perspectiva autoritaria
no siempre es la correcta.
Más de cien motocicletas se movilizan en un espectáculo de disfraces sangrientos, atrevidos y audaces. Hay pilotos enmascarados, con los cascos grafiteados, con trajes que brillan y contrastan con sus motocicletas recién pulidas, chicas en faldas cortas aferradas a la espalda de sus parejas. Son las 20:00 del 31 de octubre de 2024, en Guayaquil, Ecuador. Hoy, como todos los años, se celebra la ‘rodada del terror’.
JB, un aficionado al ruido de las motos, se enteró de la rodada con un flayer distribuido por grupos de Whatsapp. El nivel de clandestinidad de esos mensajes lo hizo sentir que se trataba de una fiesta clandestina. Aún así llega a las 19:00 a encontrarse con otros integrantes de agrupaciones motociclistas en el parque Samanes, al norte de la ciudad. El lugar es estratégico: una vía larga en donde el mínimo de velocidad en la calle central es de noventa kilómetros por hora les va a permitir sentir desde el primer arranque la velocidad y la adrenalina de la rodada.
Antes de salir, los presidentes de cada uno de los grupos organizan a los motociclistas. Las reglas son claras:
1. No salirse de las filas.
2. Seguir las señales de los presidentes de cada grupo y reproducirlas para que el último de la fila pueda verlas.
3. Cargar sus documentos en regla, de lo contrario no pueden ser parte de la rodada.
4. Si en el evento hay algún disturbio que atente contra su integridad deben ir a sus hogares inmediatamente.
Samuel, otro motociclista aficionado que se junta a este tipo de eventos usualmente, sale desde el sector conocido como ‘La Vial’, en la vía a Samborondón. Tres motociclistas lo acompañan hacia el Malecón 2000 y en el camino se encuentran con varios compañeros. Juntos forman algo así como una caravana alternativa que las personas alrededor no dejan de mirar. Desde la perspectiva de los no motociclistas todo es disturbio, ruido de gente sin oficio montada en vehículos de ladrones. Muchos autos suben los vidrios al oír el acelerador, deciden hacerse a un lado para evitar el conflicto. Otros, consumidos por el odio hacia los motociclistas, deciden interrumpir sus carriles o lanzarles el auto sin piedad alguna, sin pensar que pueden ocasionar accidentes.
En el camino entre ‘La Vial’ y el centro de la ciudad no están los vigilantes que usualmente interceptan cualquier vehículo sospechoso, casi siempre, motos. Después de un viaje aparentemente pasivo entre distintos puntos de la ciudad, Samuel y sus compañeros llegan al Malecón 2000. Allí se encuentran Samuel y JB.
A la ‘rodadada del terror’ llegan las agrupaciones más populares, entre ellas el “alma del relajo”. Los conocen por llevar la música en alto y vestimentas que hacen que los transeúntes huyan cuando están a la vista. Visten camisetas polo holgadas, gorras simples, pantalones jean oscuros, relojes que cubren gran parte de su muñeca y un par de zapatos que suelen ser réplicas exactas de marcas de lujo. También se han colado autos con los motores modificados y carcachas llamativas que no pasarían la revisión vehicular.
Allí, entre disfraces, luces y motores rebobinando, la caravana empieza.
A las nueve de la noche las mujeres bailan al ritmo de reguetón encima del capó de los carros que se colan al desfile. Las bocinas están descontroladas. El ambiente empieza a calentar los cuerpos de los asistentes. Hay personas amontonadas en las veredas para ver el desfile de cuerpos bailar, modelos de motos que pocas veces se ven rodando por las calles, pero además de los que miran están los que se quedan a protestar por el escándalo. Los niños estiran sus manos con la esperanza de que uno de los moteros haga rugir la bestia que montaban. Las enduro, las deportivas, las dos tiempos y las Pulsar que dominaban los infieles brillaban en la noche.
Cuando el show parece estar completo, llega el bloque de las de alto cilindraje, aquellas motos en las que hay que llevar la rodilla al piso para poder atribuirse el rol de buen piloto y merecedor de la máquina. Las BMW S 1000 RR, Kawasaki Ninja XZ, TRK 500, KTM, las Honda, las Suzuki, las Shineray. Avanzan por la avenida Simón Bolívar, pasan La Perla, el museo y en el desvío del Museo del Bombero los vigilantes detienen el paso. Los que no cargan documentos y logran divisar a las autoridades a tiempo buscan otra vía, el túnel Santa Ana.
Lo hacen aunque está prohibido para las motos ingresar a los túneles por seguridad, pues, hay una velocidad restringida y poca visibilidad, lo cual aumenta el riesgo de accidentes provocados por los vehículos grandes. Entrar al túnel no tiene una infracción determinada, sin embargo implica “desobedecer señales de tránsito o invadir carril”, lo cual puede representar una multa del 30% de un salario básico en Ecuador.
No todos los motociclistas ven a tiempo a los vigilantes, algunos siguen a las motos que se desvían. A la mitad del túnel los que van al inicio, se dispersan. Algunos alcanzan a dar la vuelta y se regresan en contra vía, otros tratan de pasar el bloqueo con poco éxito y terminan en el suelo con las piernas aplastadas por los agentes del orden. A Samuel lo invade la desesperación, había cumplido con la documentación legal y al día, pero teme terminar como sus compañeros, en el suelo.
La rodada del terror se convierte en un hecho violento. Las autoridades usan la fuerza bruta y la represión. Sus vehículos, con amortiguadores capaces de bajar escaleras sin sentir el movimiento, ahora aplastan los cuerpos de los pilotos. Las autoridades los empujan hasta despojarlos de su propiedad y usan el tolete para amenazar a las chicas que se aferran a sus parejas. Los que logran huir pasan la voz a los que aún no han ingresado. JB alcanza a oír “¡Corre que están los pacos!” . Entonces acelera su Benelli 150 y se desplaza entre vehículos, sube veredas y casi arrasa con tres personas que tratan de detenerlo.
Hay civiles que se une a la persecución, sin miedo de ser atropellados se ponen a la mitad de la calle para impedir que los motociclistas, a quienes acusan de ser “delincuentes” se escapen. Junto a JB viene un grupo más, giran por una calle del centro, Pedro Carbo, pero a cuatro kilómetros son interceptados por otro muro de chalecos. Detrás de ellos viene un par de vigilantes obligando a los chicos a escoger rutas desconocidas, con el fin de perderlos de vista. Cuando llegan a la avenida Machala, el aire está despejado y la vía libre para continuar en busca de un lugar seguro. Samuel no corrió con la misma suerte. Se rinde ante la agresión y entrega su vehículo.
Durante los días siguientes, rondaron imágenes que alteraron a la sociedad. La gente estaba consternada pues se dijo que la “rodada de terror” era un grupo de motorizados armados que se habían desplazado por la ciudad amedrentando, robando y disparando al aire. Los noticieros mostraban las publicaciones de X de distintas zonas de Guayaquil, en donde las motos cargaban de copiloto parlantes para generar ruido. Esas personas no parecían haber llegado al desfile. Las autoridades se habían desplegado en el punto incorrecto, mirando hacia otro lado, el orden que intentaron demostrar se volvió un hecho violento para quienes estuvieron ahí.
SOBRE LA AUTORA:
Mi nombre es Allison Ramos, tengo 26 años y estoy en séptimo semestre de la carrera de Literatura. Soy motociclista y también me ha tocado huir de las autoridades.
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