Deyanira Gómez Maldonado

La madrugada del miércoles 25 de octubre del año 2024 varias familias en el sector de la Floresta 1 despertaron en medio del escándalo, entre gritos de desesperación, sin luz por los apagones y sujetos dándose a la fuga en carros para retirarse de la escena. 

Para cuando dieron las cinco de la mañana de aquel miércoles, apenas había pasado hora y media desde el inicio del corte de luz programado. Cortes que formaban parte de los intentos desesperados por administrar la escasa agua en las presas que brindan luz al territorio ecuatoriano. Primero se escucharon puertas y gritos a la par de ruidos que perfectamente podrían ser fuegos artificiales o disparos, aunque por la fuerza, muchos de los vecinos escondidos detrás de las ventanas de sus casas dedujeron que, en efecto, fueron disparos. 

Lo curiosos y ansiosos vecinos vieron un cuerpo baleado ahí, a pocos pasos de la entrada del lote baldío que solía ser un centro de educación inicial particular, no obstante eso fue hace años atrás; la gente del sector se sigue preguntando a dónde se fue el centro de educación si su ubicación era casi perfecta, frente a un parque y diagonal a la parada de la metrovía. Aunque, el antiguo centro de enseñanza está rodeado de otras dos instituciones fiscales, uno de ellos, el fiscal, se separa por una imperceptible malla de alambres. El otro queda en el callejón detrás de ambos jardines de infantes, es una institución de educación especial fiscal. 

Tiempo atrás cuando el jardín de infantes funcionaba como un centro de enseñanza, se escuchaban las risas de ambas instituciones tan a la par que jamás se sabía de donde iniciaban o de donde provenían las órdenes del cuerpo docente. Nunca se sabía que juego infantil había hecho llorar a uno de esos niños, ¿cuál fue? ¿el pasamanos, el sube y baja, columpio, resbaladilla? era difícil saberlo porque tanto la institución particular funcionaba a la par como la fiscal. Horarios matutinos y vespertinos, casi coincidiendo todos los días con los horarios de recreo de los salones más bulliciosos de inicial uno. 

Hay un momento de la historia de esta institución privada en la que simplemente cerró sus puertas y se volvió irrastreable para la gente del sector. Meses después las risas no disminuyeron, en cambio bajaron el volumen, ya nadie usa el pasamanos ni el columpio ni nadie se desliza por la resbaladilla. Al menos nadie humano. Los nuevos habitantes son un par de gatos callejeros, bichos de todo tipo: cucarachas, hormigas, mosquitos, escarabajos, abejas, avispas, pulgas, etc; cada día los juegos infantiles se llenan de suciedad por no ser limpiados y el paso de los carros que levantan el polvo, las maestras ya no se pasean ni vigilan a sus alumnos, en lugar de eso se siguen llenando de tierra y hojas secas. 

No hay quien cuide las instalaciones, los del vecindario se pasean a diario en los alrededores para ir a comprar o dejar basura en la esquina ―basura que suele ser arrastrada hasta lo que ahora es un lote baldío por los chamberos al hurgar en ella―, por todos lados hay prendas sucias colgando de las estructuras en la que los niños solían jugar. 

En la actualidad la mayoría de las rejas que separan los jardines o los marcos de ventana han desaparecido en su totalidad. La señora Rosa, la dueña de la casa esquinera junto al parque en donde venden encebollado para los borrachos de fin de semana, dice que es obra de los amigos de lo ajeno llevandose las cosas que no le pertenecen en plena madrugada cuando nadie los ve. 

Las bandas criminales se han tomado ciertas zonas de Floresta 1, así que ahora cada quince días o siete días se escuchan fuegos artificiales por las madrugadas disfrazando los sonidos de bala de los enfrentamientos entre bandas para tomarse el territorio del otro.  

Hay algunos vecinos que ya distinguen a varios integrantes de la pandilla, ellos los conocen. Las señoras del sector vieron crecer a muchos de ellos, fueron compañeros de juegos de sus hijos y compañeros de jardín de infantes en el centro de educación que ahora no es más que un lote baldío, algunos de esos niños hasta solían hacerles el mandado cuando ninguno de sus propios hijos querían hacerles el favor de ir a ciertos lugares lejanos. 

No obstante, esos niños dóciles ya no lo eran más, muchos de ellos son parte de la fila de estas pandillas que aterrorizan el barrio. Volviendo cada calle una más insegura que la otra. Las disputas por el territorio aumentaron  en tal escala los atentados hasta ese punto que en medio de la penumbra madrugada con el cese de los disparos, y solo cuando lo que se escucharon eran las llantas dando todo de sí. La señora Rosa, la señora Carla, la señora Martha, las señoras del vecindario fueron las primeras en acercarse una vez los sospechosos carros desaparecieron de la vista, si bien en lo que iba del año no es la primera vez que ven un cuerpo baleado. Si es la primera vez del mes. Después de todo, últimamente los ladrones parecen caer como moscas, es por ello que con el gélido aire de las cinco y media de la madrugada la gente curiosa, y llena de lagañas en los ojos, se acercaron a ver de quién se trató esta vez.  

A este punto puede ser cualquiera, El niño, Gato bravo, El chino, El tuerto, El El El El y un sinfín más de nombres raros, de los que una vez fueron ―en palabras de estas señoras―, esos niños inocentes y ahora se “pudren” con amistades que no les convienen.  

Como no es la primera vez de estos sucesos, las madres de familia mandaron a los hombres cerca para que les dieran sábanas o telas que funcionen para cubrir el cuerpo, se ven desesperadas por cubrir el cuerpo con rapidez porque saben que se aproxima la hora de iniciar clases de la institución pública y si se disponen a esperar a la policía que llegue con medicina legal, saben que primero empiezan a acumularse la calle de niños y padres curiosos. 

La señora Rosa comparte una mirada angustiada con su esposo cuando este le tiende una sábana y se hace a un lado para que sea él quien cubra el cuerpo, ella entiende lo que significa esa mirada que el hombre manda en su dirección. Esa que le dice que es una mujer mayor y no la superhéroe del barrio, que esos ladrones no son más los niños a quien les solía regalar bolos, que debe parar con sus noches de vigilancia aunque él no entiende que solo son sus noches de insomnio. 

Rosa vaga por toda la casa a partir de las dos de la mañana cuando la casa está en total silencio, su esposo duerme ajeno a su irritante falta de sueño, limpia cualquier plato sucio y después de dar vueltas se recuesta en la silla cerca del ventanal con la vista al lote baldío. Rosa ve por su ventanal como el aire ―o una parte de ella es eso lo que quiere creer―, mueve los columpios. En ocasiones con fuerza y otras con lentitud, pero cada noche no importa qué, esos columpios se mecen sin cesar durante dos horas. Al principio eso le entretenía pues ella es una mujer de campo, creció escuchando y viendo cosas peores, su primo/tío lejano supuestamente había sido poseído por algún raro demonio. 

Ella se sienta y piensa en la discusión que tuvo con su vecina, la señora Miranda, hace semanas atrás cuando se empezó a quejar por los malos olores que se empezaba a desprender del terreno porque por un largo tiempo fue el lugar perfecto para las personas en condición de calle, muchas personas se quejaron de los sucios que eran estas personas y la señora Rosa no puede evitar pensar en aquel incidente con el jardín de infante de alado. 

Pasaron solo tres meses y los padres de familia se quejaron de que sus hijos vieron a gente sin ropa a través de las finas rejas, por ello en cuestión de dos semanas del suceso, se reunieron para llegar a un acuerdo en donde todos se dispusieran a dar de su bolsillo para rejas fortalecidas que termine de separar ambos lugares por completo. La vecindad comenzó a esparcir el rumor de lo peligroso que es cruzar por el callejón oscuro de los tres centros educativos, entre las siete de la mañana o en plena madrugada, pero el rumor surgió a raíz de una noche en la que la hija de la señora Miranda regresaba de un turno pesado del trabajo con horas extras. La joven sufrió un atentado en ese callejón, al ser casi las once y media de la noche no había vecinos cerca, los malhechores se aprovecharon de los grandes árboles que cubrían el punto ciego del callejón del cual ninguna cámara enfoca. 

La hija de la señora Miranda había sido arrastrada hasta la abertura de una de esas rejas que permitía entrar al lote baldío y fue despojada de todas sus prendas. La muchacha hoy afirma de no saber si fue suerte o Dios, pero una vez se le llevaron todas sus pertenencias, la dejaron ahí tirada con un golpe en la cabeza y no pasó a mayores porque en sus palabras afirma que las cosas materiales se pueden recuperar aunque nada le hubiese permitido seguir adelante si algo más le hubiese sucedido esa noche. 

Hoy la señora Miranda culpa con rabia y rencor de lo sucedido a su hija a nadie más que a El Chino, a quien ella identifica como el causante de todo. 

El chino, uno de esos niños a los que la señora Rosa les regaló bolo en el pasado. Año y medio después de que las instalaciones fueran abandonadas incluso por los indigentes, el tipo fue identificado por los vecinos, como el que inició con los asaltos al centro educativo. Por las noches entraba con herramientas para llevarse parte de las infraestructuras como los cables o los fierros de las ventanas. Parte de los vecinos se dieron cuenta de los lugares en los que El chino oculto sus herramientas y cómo otros también avistaron de ellas, y como solo bastó cuatro meses para que empezarán a hacer lo mismo, se robaron todo aquello que podían cargar. 

Después, El Chino siguió haciendo de las suyas quizá por su presunta buena relación con la policía según indica la gente del barrio, quienes recuerdan una tarde al inicio de Octubre, un 3 o 4 de Octubre, los policías atraparon a alguien robando el mismo callejón donde El chino robaba con frecuencia y en lugar de llevárselo, mandaron a llamar a El chino para decidir si lo dejaban ir o no. 

Para toda la comunidad de la Floresta 1 la policía ya ahora es un chiste. No aparecen antes que los de las pandillas ni dan soluciones para los problemas de la comunidad.  

Martin, el esposo de la señora Rosa, coloca una manta sobre los hombros de su esposa. La idea de mudarse ahora no le parece tan descabellada, con este atentado es el octavo que va en el año y le preocupa que su mujer siga espiando por el ventanal de su casa. Él comienza a preocuparse de que los identifiquen como los que llaman a la policía cuando hay medio ruido en el lote baldío, sin embargo, no siempre es Rosa quien llama. A veces, es la señora Miranda, porque es la más preocupada del vecindario y le preocupa que sean tan atrevidos que se lleguen a meter en su casa. 

La señora Miranda, cubierta de una colcha, se acerca al grupo de señoras apartadas del tumulto de gente y los carros que comienzan a pasar. El aire se ha vuelto más helado y el cielo comienza a aclararse. 

―Yo sabía que esto iba a pasar ―dice apenas se acerca. 

―¿Qué crees que consigues cuando vas por ahí amedrentando a las personas, dulces? ―le responde la señora Martha, su ceño fruncido y sus dedos apretando sus hombros. Es la que más asustada se encuentra de ellas. 

―No demora que comienzan de nuevo los enfrentamientos por el territorio ―vuelve a quejarse la señora Miranda. ―Esta muerte nos acaba de condenar. 

―No seas tan drástica, Mirandita ―la señora Rosa colocó una mano sobre el hombro de la mujer asustada, aunque sus ojos propios estaban perdidos en la mancha que se comenzaba a hacer en la sabana. ―No debes ser tan drástica. 

―No puedo, ¿cómo podría? si la delincuencia por aquí es peor cada día. 

Los nervios entre los vecinos que trataban de hacer un cerco para que los niños, que comienzan a ir hacia la entrada del jardín de infantes en funcionamiento, no logren ver el cuerpo desparramado a tan solo unos cuantos pasos de la entrada cerrada del centro educativo en desuso. La señora Rosa se sintió muy desorientada entre más manchas de sangre se marcaban en aquella tela porque esa madrugada del miércoles 25 de octubre, mientras todos en el vecindario dormían ajenos a sus caminatas nocturnas por toda su casa. El reloj de pila sobre la pared del comedor marcó las cuatro cuarenta de la madrugada, abrió un poco el ventanal recibiendo en toda la cara el frío viento, su cuerpo no lo soporto por lo que se apresuró a cerrar el cristal, al terminar de cerrar lo primero que vio fue un carro color vino sin placa, minutos después uno gris. 

Alrededor de media hora pasó cuando lo vio pasar, como si no hiciese nada y va por la vida con paso ligero, El chino, sacó del bolsillo trasero de su pantalón un celular y antes de que lograra llevar a cabo su llamada los mismos carros de antes. Los mismos que la señora Rosa vio, dieron con una velocidad tortuosa vuelta en la esquina, bajaron el ritmo de la música y antes de que él reaccionará o pudiese llamar a alguien por ayuda, unos hombres salieron por las ventanas armados y dispararon a quema ropa sobre el hombre a tan solo a diez pasos de lo que él consideraba su refugio, aquel lote baldío, que una vez fue un centro de enseñanza infantil. 

Fuentes trabajo de investigación 

El presente documento recolectó el testimonio de cinco personas, quienes decidieron no dar sus nombres por miedo a cualquier consecuencia.  

Dieron información sobre las operaciones de los centros educativos y cosas que pasaron durante los apagones. 

SOBRE LA AUTORA:

Deyanira Gomez Maldonado. Fan de la lectura y la escritura, Marvel, el chocolate blanco, la lluvia y la puesta del sol. Algún día me retiraré a mi pueblo de nacimiento en la Provincia de Los Ríos, Mocache.