Mell Hungría
La casa no era muy grande, pero jamás se había sentido perdida en ella.
Desde que Zoila se mudó hace 17 años, la vivienda había experimentado constantes cambios: la mayoría planeados, como el reemplazo del piso para mejorar la cerámica gastada, las paredes derribadas para agrandar la estrecha sala o la escalera con barandal para que sus hijos se sujetaran al subir. Otros cambios no tan excesivos, como la ventana rota por la pelota extraviada de los revoltosos niños del vecindario o la puerta maltratada por los incesantes golpes del inquieto perro que sus dos hijos de veinte y catorce años la habían convencido de adoptar hace un par de años. A pesar de las modificaciones, jamás había dejado de ser su preciado hogar.
El amanecer del 19 de febrero, eso cambió. Su pared, su ventana, su puerta, sus pertenencias, todo lo que tenía fue arrastrado por la presión del agua, expulsado hacia la acera compartida de las casas, tapando todas las posibles salidas. Un metro de agua inundó la casa, dejando atrapados a sus dos hijos y a su madre en la sala, y a ella con el agua al pecho golpeando la puerta del baño, pensando cómo llegar hacia ellos. No sabía nadar. Y esa ya no sería su casa.
Antes del desborde
El día había empezado bien: sus hijos dormían plácidamente hasta tarde por las vacaciones lo que le dio tiempo suficiente para desayunar con calma antes de salir al trabajo. De regreso, la ausencia del tráfico en la ruta le permitió volver temprano, justo antes de que las nubes volcaran sobre su cabeza una lluvia torrencial.
Caminaba con tranquilidad cuando encontró a las vecinas reunidas formando un corrillo, la junta del vecindario, que había olvidado de nuevo. Normalmente se hubiera sentido apenada, pero ya había asistido a las últimas tres, todas sobre lo mismo: qué hacer respecto al canal bloqueado por las recientes invasiones asentadas ilegalmente en la parte de atrás de su bloque.
La preocupación giraba en torno al viejo muro trasero y al miedo a que la presión del agua de lluvia, sin salida, terminara por hacer un hueco enorme que inundara la estrecha acera, tal como había sucedido el año anterior dentro de la misma ciudadela en el bloque de alado.
—¡Es gracias a la virgencita que esa pared no ha explotado todavía! —comentó Isabel con su característico tono burlón, y todos rieron incómodamente.
Tenía razón: era gracias a ese tosco altar de cemento, instalado sin autorización, que el muro no se había derrumbado, pues su enorme tamaño y estratégica posición evitaban que se viniera abajo, sin importar cuán fuerte fuera la presión del agua embravecida. No obstante, ese año las lluvias se sentían más fuertes e incesantes. El miedo a que ese improvisado refuerzo no bastara perseguía a los angustiados vecinos. Uno de ellos, con el ceño fruncido, sugirió denunciar el asentamiento ilegal a la municipalidad.
—Se necesita que el municipio construya un verdadero canal y no esa ridícula canaleta que da con las paredes de nuestras casas. Vivimos al lado de un dique que puede reventar en cualquier momento. ¡Esto puede terminar en una tragedia! No hay que esperar a que haya un muerto —concluyó indignado, con la cara enrojecida.
Pero nadie sabía con certeza cuánto tiempo llevaban ahí las numerosas familias ni los requisitos para considerarlos invasiones. Habían pagado por esos terrenos, aunque no tenían permiso legal de venta. De hecho, gran parte de la ciudad Guayaquil había empezado así, como asentamientos irregulares. Ella continuó caminando hacia su hogar con paso cansado.
Cuando pasó el callejón y vio el grupo de vecinas, sintió esa punzada inquietante que la había acompañado cada vez que llovía el último año. El tumulto era más grande que de costumbre: más cuerpos, más manos hablando en el aire, más sombras en el rostro de cada una. No era la típica reunión de quejas domésticas. Se respiraba algo más denso.
El cielo parecía de plomo. El aire, caliente y húmedo, estaba detenido. Y entre las voces alcanzó a escuchar las palabras que siempre terminaba apareciendo: “pared”. Luego “canal”, “hundimiento”, “invasiones”. Y otra vez ese murmullo que dolía más que cualquier otra acusación: “los de allá”.
El bloque donde vivía estaba compuesto por 62 casas, organizadas en dos filas que se enfrentaban —una de pares y otra de impares— separadas por un portal peatonal ancho de cemento por donde no circulaban carros, solo personas. Las casas eran similares en estilo y tamaño, de dos plantas, con sala-comedor, cocina, dormitorio, portal delantero y patio, construidas una junto a otra, compartiendo paredes y muros estructurales.
Apenas llegó al círculo, sintió la tensión. Una de las vecinas levantó la mano para ilustrar el nivel que alcanzaba el agua cuando llovía fuerte.
—Apenas caigan las primeras gotas —dijo con esa voz desesperada de quien ya vivió el desastre—. El muro no aguanta, señoras. No aguanta.
Todos asintieron. La preocupación en sus rostros era cada vez más evidente. Este año había algo distinto, el miedo venía acompañado de rabia. Rabia y cansancio.
Entonces habló Ernesto, el nuevo, con voz grave:
—Ese canal está mal construido. Y las casas del otro lado también. Y ellos lo saben. ¡Claro que lo saben!
La frase cayó como piedra en agua.
Ella sabía a qué se refería. Todos lo sabían. Porque el año anterior el municipio había dejado notificaciones pegadas en el muro, avisando del riesgo del canal. Avisos escritos en ese lenguaje municipal que parece que dice mucho, pero en realidad no dice nada, salvo: “Si llueve fuerte, esto se cae. No es culpa nuestra.”
Los del otro lado también las vieron. Pero no se fueron. No podían irse.
Eso era lo que los vecinos evitaban mirar de frente: las personas habían pagado por sus terrenos.
A su mente vino el recuerdo de la última reunión que habían tenido con el consejo de vecinos del bloque para solucionar el problema hace un par de meses.
—Mire, señor, si yo pudiera me fuera mañana mismo. ¿Usted cree que uno quiere vivir con ese miedo? —dijo una mujer durante una de las reuniones improvisadas al borde del canal, mientras sostenía un plástico azul que servía de techo—. Pero yo ya pagué por este terreno. Mi marido también. ¿Qué vamos a hacer? ¿Regresar a vivir arrimados donde la familia?
—El terreno es ilegal, doña. Eso ya se lo dijeron los del municipio —respondió un vecino de este lado, un hombre que llevaba semanas desvelándose por la idea de que un deslizamiento acabara con su patio y la pared trasera de su casa.
La mujer lo miró con una mezcla de cansancio y rabia, como quien ya ha tenido esa conversación demasiadas veces.
—Ilegal para ellos. Pero yo pagué. ¿A quién le reclamo? ¿Al estafador ese que desapareció?
Esa frase quedó suspendida en el aire, atravesando el canal como una sentencia.
Porque esa era la parte que nadie quería enfrentar directamente: las familias del otro lado también pagaron. Pagaron con ahorros, con préstamos, con cuotas que aún debían. Pagaron pensando que tendrían un lugar propio, aunque ese “propio” nunca existió más allá de un papel firmado en una mesa de plástico. Y aunque supieran que el terreno era cuestionable, no podían aceptar perder lo poco que habían conseguido.
Mientras más se repetía la historia, más evidente se volvía que este conflicto no era simplemente legal, sino existencial.
La reunión de vecinos que se organizó el jueves por la tarde fue una muestra clara de esa complejidad. La lluvia amenazaba con caer, pero aun así acudieron casi todos. Las sillas plásticas estaban alineadas como si fuera un acto cívico, aunque nadie tenía la paciencia ni el ánimo para discursos formales. La presidenta del comité barrial intentó dar orden a la conversación, pero pronto la realidad se abrió paso.
—Compañeros, la situación está grave. Ya nos dijeron que el drenaje está obstruido por las casas del borde. Si se desborda el canal, no solo ellos pierden sus viviendas. Nosotros estamos en riesgo también.
—¿Y qué quiere que haga uno, pues? —preguntó un hombre del otro lado, que había cruzado por una tabla improvisada para asistir, aunque muchos lo miraran con recelo—. ¿Que recoja mis cosas y me vaya a dónde? ¿A un albergue que dura una semana y luego nos sacan? ¿A dormir en la calle?
Hubo un silencio incómodo. Incluso quienes defendían con firmeza que las casas debían retirarse sabían que él tenía razón. La municipalidad había enviado advertencias, sí; habían ofrecido charlas, pero no alternativas reales. Nadie les dio un terreno nuevo, nadie les brindó una reubicación estable. Lo único que entregaron fueron “recomendaciones” que sonaban más a ultimátum que a apoyo.
Desde una de las esquinas, una mujer mayor intervino:
—El año pasado ya les avisaron que eso se iba a caer. Ustedes mismos lo saben. ¿Y ahora qué? ¿Esperar a que una desgracia nos lleve a todos?
Pero antes de que las palabras calaran, otra voz se elevó desde el sector de los ocupantes:
—¡No hable como si quisiéramos dañar a alguien! ¡Ese terreno nos lo vendieron! ¿Usted cree que uno va y construye así nomás? Nosotros confiamos en que era legal.
—Pero sabían desde el año pasado que no lo era —replicó un joven estudiante, con tono firme—. Si ya habían recibido la notificación, ¿por qué siguieron ampliando las casas? ¿Por qué pusieron más bloques?
El hombre respiró hondo antes de responder:
—Porque es mi casa, mijo. Porque cuando uno ha levantado algo con esfuerzo, uno se aferra. Aunque le digan que un día se lo puede llevar el agua, uno se aferra.
La presidenta del comité trató de retomar el hilo, pero lo cierto es que ya había dicho lo que debía decir. Todos estaban atrapados en la misma verdad incómoda: las familias del otro lado tenían responsabilidad en mantenerse allí después de las advertencias, sí, pero también eran víctimas de un sistema que las había empujado a ese lugar. No tenían dónde más ir, porque lo que pagaron no podía recuperarse. Nadie indemnizaba. Nadie devolvía nada.
Al otro lado del canal había miedo, desesperación y una dignidad tozuda que se aferraba al único techo que habían logrado conseguir.
Mientras la noche avanzaba, los vecinos regresaron a sus casas con la sensación de que habían hablado mucho sin resolver nada. Las luces improvisadas del otro lado parpadeaban, iluminando techos de zinc, paredes a medio enjarrar, cuartos sin terminar. Eran casas frágiles, sí, pero casas al fin. Y aunque la lluvia no había empezado, ya todos sabían que pronto llegaría, cargando consigo un veredicto que nadie quería enfrentar.
La calma y la tormenta
Una vez dentro, cayó rendida al desgastado sofá, dejando caer su bolso. Saludó con una leve sonrisa a sus hijos y a su madre mientras ellos acomodaban la mesa para merendar. La lluvia se escuchaba cada vez más cerca, con un rumor amenazante. Ella se sentó pesadamente a acompañarlos, aún en silencio.
—¿No quieres comer nada? —preguntó su madre con voz rasposa al terminar de recoger los platos.
—No todavía, creo que me iré a bañar y de ahí veo —respondió lacónicamente.
Besó su arrugada mejilla y subió con pasos lentos. Estaba a punto de secarse cuando un estruendo ensordecedor la sobresaltó. Una violenta avalancha de agua sucia y pedazos de cemento entró al baño de golpe, algo inexplicable. La pared del patio vecino había explotado por la feroz presión, llevándose también la pared que compartían con su casa.
Sus dos hijos y su madre estaban en la sala. Alcanzó a distinguir sus gritos desesperados.
—¿Estás bien, mamá? —gritó Oliver el mayor de sus hijos, con voz temblorosa. Pero ella no podía responder, paralizada por el miedo, con la mente nublada y sin saber qué hacer.
Pasaron segundos que se sintieron eternos hasta que logró decirles, con voz ahogada, que estaba bien, que ya vería cómo salir, pero que intentaran salir ellos mientras tanto. Sin embargo, la puerta principal estaba cerrada con llave y el furioso torrente de agua no los dejaba ver dónde había quedado.
La desesperación y el nivel del agua aumentaban al mismo tiempo, hasta que ya cubrían por completo el piso de la sala. Cuando logró salir con dificultad del baño, avanzó a ciegas y se metió en la cocina, tanteando las paredes con las manos entumecidas. El líquido café y nauseabundo le llegaba hasta el pecho; al rozarle los labios dejó un sabor acre y espeso, imposible de tragar, una mezcla asfixiante de agua pluvial, tierra removida y trozos de cemento que se le metía por la nariz y la garganta. Cada respiración ardía.
Les gritó con voz ronca a sus hijos que intentaran mover los pesados muebles, pero estaban atrapados: la puerta no abría por más que la empujaban. Ellos comenzaron a gritar y pedir auxilio con todas sus fuerzas, con la esperanza de que algún vecino los escuchara y los ayudara.
Ella dio un salto para subirse al húmedo mesón de la cocina, aún envuelta en la empapada toalla. El agua continuaba subiendo inexorablemente y ellos seguían encerrados dentro de la casa inundada. Buscaba desesperadamente con la mirada la llave entre las crecientes y turbulentas olas marrones.
Tenían que salir de ahí o morirían ahogados.
Los vecinos los oyeron. Desde afuera, algunos levantaron la cabeza al escuchar los gritos, otros se acercaron a las puertas de sus casas, mirando hacia el bloque, tratando de entender de dónde venía ese llamado desesperado. Pero no comprendían qué estaba ocurriendo: ignoraban que la pared había cedido y que el agua ya había entrado con violencia, mientras sacaban con baldes el agua de la zanja que había inundado sus propias casas hasta los tobillos.
Cristian, el vecino que acababa de llegar con su perro “Don Firulais”, escuchó los gritos y se acercó. Intentó derribar la puerta hacia adentro, pero el agua hacía presión. La ventana con rejas no cedía.
—¡Espérenme! Voy a buscar un fierro para tirar la puerta —les dijo, y salió a advertir a los vecinos y a preguntar si alguien tenía una pala o un fierro.
Nadie tenía.
Frustrado, regresó e intentó patear la puerta, sin éxito.
—Oliver, hijo, escúchame. ¿Hay algo pesado ahí adentro? Necesito que lo arrojes con fuerza contra la puerta. Cuando ceda un poco, podré jalarla hacia afuera, pero debe ser algo pesado. ¿Entiendes?
—Sí —respondió Oliver en voz baja.
Algo pesado que pudiera levantar. El mueble. Si lo arrojaba contra la puerta, esta cedería y dejaría salir el agua. Pero no podía levantarlo solo. Tendría que arrojarse con él para hacer suficiente peso y asegurar que, de un solo golpe, se abriera.
—¡Quítese de enfrente y póngase a un lado de la puerta! ¡Voy a arrojarme y necesito que me atrape si el agua me lleva!
—No, espera… —gritó el vecino.
Pero Oliver ya no lo escuchó. Tomó el mueble y, con todas sus fuerzas, se arrojó contra la puerta. La madera cedió con el peso, dejando salir el agua y expulsándolo contra el piso. Sintió un corte en el brazo, un tirón en el hombro y el agua pasando sobre él. No pasó un minuto hasta que el vecino lo levantó de la camisa. El agua salió como un arroyo por la acera. El golpe fue tan fuerte que Oliver terminó con el hombro lesionado. Miró a su madre aún adentro, sobre el mesón, y a su hermano menor intentando ayudarla. Trató de entrar de nuevo, pero la corriente del agua no lo dejaba avanzar.
Finalmente, pasaron unos minutos hasta que el agua cedió un poco y le permitió entrar. Oliver y Francesco, sus hijos, agarraron el otro mueble que estaba todavía adentro y lo arrastraron hasta la cocina. Ahí subieron a su madre para sacarla con lo poco que había alcanzado a ponerse: una blusa y la toalla. Ella estaba en shock.
La fuerza del agua había arrastrado todo lo que estaba en la planta baja: sus muebles, su refrigeradora, su cocina, los retratos familiares en la pared. Su pared ya no existía.
Su familia estaba bien, pero a su casa se la había llevado el agua.
Su casa se había inundado por completo y ella se quedó quieta, viendo todas sus pertenencias ser arrastradas. Los vecinos empezaron a salir poco a poco, tratando de ayudarla. Se pararon frente a la zanja, recogiendo sus zapatos, las carpetas de la escuela de sus hijos, sus ollas, todo lo que podía rescatar. Lo agarraron, lo tomaron, lo alzaron, tratando de reconstruir, pedazo a pedazo, lo que alguna vez fue su hogar.
Pasaron horas en esa rutina, llenos de tierra, empapados de agua, recogiendo entre vidrios y basura sus cosas.
Así transcurrió la madrugada del diecinueve de febrero, en compañía de sus vecinos, recogiendo las partes de su hogar. Y cuando el sol por fin se asentó en el cielo, ella, sus hijos y su madre se sentaron en el portal de al frente para observar de nuevo su casa.
“¿Cómo pasó esto?”, dijo una voz en su cabeza.
Su nieto le tendió la mano y la ayudó a levantarse. Juntos miraron su casa una última vez antes de ir rumbo a la casa de su tía, que los recibiría.
Porque a su casa se la había llevado el agua.
SOBRE LA AUTORA:
Mell Hungría (Guayaquil, 2004) es estudiante de Literatura. Le interesan las narrativas escritas por mujeres, tiene una peligrosa inclinación a adoptar gatos de las calles y a creer en las energías.