Geovanna Goyes

A las cinco de la tarde la vista desde el malecón de Babahoyo es pintoresca: el sol baña con su luz al río. Veinte casas se alzan sobre el agua como fantasmas perennes que corren el riesgo de algún día esfumarse. Una imagen simple y quizá cotidiana desde el malecón de Babahoyo. Si te acercas lo suficiente, por el lado del restaurante La Carreta, puedes observar que en una casa azul se reúne todos los domingos una familia a jugar bingo. Los niños juegan dentro de la casa, protegidos de los peligros del río, mientras los mayores se concentran en la orilla para escuchar música desde un pequeño parlante y repartirse las tablas de bingo.

Las balsas, como le dicen coloquialmente a estas viviendas, tienen una tradición histórica importante en la ciudad de Babahoyo, capital de la provincia de Los Ríos, en el centro del Ecuador. Estas eran consideradas un punto estratégico de comercio y transporte por su conexión fluvial con el río Guayas. 

La necesidad de aprender del río 

Muchas balsas han desaparecido y las pocas que quedan son un registro de la labor comercial que cumplían. Estela Carriel —matriarca de la familia Ramos Carriel y madre de Gloria Ramos— cumplió 68 años el pasado 9 de noviembre; toda su vida se asentó en la ribera del río Babahoyo. La balsa es una herencia de sus ancestros. Su madre le contaba de don Morita, su abuelo, aunque ella no llegó a conocerlo. Decía que él fue uno de los “fundadores” de las casas flotantes en Babahoyo porque fue el primero en probar un palo de boya para ver si era posible que flotara.

Cuando el abuelo de Estela vivía, había 150 casas flotantes,  habitadas por otras familias. Pero hace poco, en 2021 había menos de 20. En una de ellas aún viven Estela y uno de los  seis hijos de la última generación de la familia Ramos Carriel. Los demás emigraron a otros espacios de la ciudad, como Gloria. 

Gloria, la hija mayor de Estela, vive en el que se considera ahora el centro de la ciudad, cerca de la catedral, los comercios y escuelas. Pero visita a su madre Estela y recuerda con orgullo su época en el río. Lanza una carcajada al recordar que cuando era niña se volcó de una canoa y casi se ahoga por no saber nadar 

Con el tiempo, nadar se volvió necesario. De hecho, su sobrina hace poco aprendió usando botellas de plástico como flotadores. Gloria sonríe al mencionar las anécdotas en el río, en sus ojos se percibe mucho respeto y nostalgia de aquellos días en los que era una niña. 

Una casa flotante, una casa que se va

Vivir en una balsa es temerle al invierno. Los niños no pueden jugar, los tablones se hinchan y muchos temen perder su casa, que se vaya flotando. Según registros del Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología, las crecidas del río Babahoyo en la estación invernal pueden alcanzar hasta 40 y 60 centímetros por encima del nivel normal. Babahoyo, de por sí, es una ciudad que sufre graves inundaciones. Sin embargo, las personas que viven en las balsas se llevan la peor parte. Pero hasta ahora ninguno ha perdido su casa de balsa en el invierno. Gloria recuerda como uno de los efectos más graves de la lluvia fue el día en el que  se le metió una culebra y que casi se muere del susto. 

Pero además del mal tiempo, las balsas se enfrentan a los prejuicios y las leyendas de vivir en el río. En los años ochenta, algunos sectores de las balsas eran conocidos por su vida nocturna. Se rumoreaba que funcionaban como prostíbulos; esos comentarios terminaron por construir una mala fama alrededor de ellas. Este estigma marcó profundamente la percepción del lugar y provocó un rechazo general hacia quienes vivían sobre el río. Estela dice que hace años sí había dos señoras que se dedicaban a ese negocio. Le llamaban “el sector las balsas” porque se encontraba bastante apartado. Sin embargo, con el tiempo, las mujeres se fueron.

Con la desaparición gradual de estas actividades, la dinámica social de las balsas comenzó a transformarse. Aún así, el estigma persistió más allá de los hechos y continuó influyendo en cómo las autoridades y los ciudadanos imaginan este espacio. Se vuelve evidente que las decisiones sobre quién puede quedarse en el malecón y quién debe irse no siempre responden a ideas sobre lo que la ciudad quiere mostrar.

Hace treinta años algunas de las familias que habitaban las balsas fueron reubicadas a las afueras de la ciudad. La primera razón fue la construcción del nuevo malecón. Cuenta Gloria que la municipalidad le pidió que desalojaran las orillas donde tenían sus plantas y animales. La filósofa japonesa Yuriko Saito en Everyday Aesthetics señala que, “la estética cotidiana también es una forma de poder, porque decide qué merece ser visto y qué debe desaparecer”. Esta perspectiva revela que lo estético no está restringido al museo ni a los objetos consagrados, sino que opera silenciosamente en la vida diaria moldeando sensibilidades, jerarquías y formas de habitar el mundo.

“Muchos vecinos sí se fueron”, dice Estela, no porque en realidad vivir allí representara un problema, sino que, con las necesidades del municipio, el permanecer allí sí generó una problemática e incomodidad. El crítico francés Roland Barthes, dice en Mitologías que, “en lo cotidiano, los objetos no solo se usan: significan”. Esta cita permite entender que las mismas decisiones estéticas del municipio—lo que se muestra, lo que se esconde, lo que se borra— termina definiendo que cabe en el pasaje urbano y qué es lo que estorba. 

Irse no fue sencillo. Para muchos, el traslado trajo nuevas dificultades: donde los habían ubicado no tenían electricidad ni viviendas en condiciones óptimas y el sector estaba bastante alejado de la ciudad. Gloria recuerda que, al inicio, la gente estaba convencida de irse a vivir en tierra, pero con el tiempo algunos se arrepintieron y terminaron construyendo nuevamente sus balsas en Barreiro y el Salto, dos parroquias que pertenecen a la ciudad de Babahoyo y quedan frente al malecón cruzando el río. 

¿Una remodelación reconstruye las balsas o las elimina?

Con las remodelaciones, el río dejó de verse como un espacio incómodo y se convirtió en un atractivo turístico. En 2023, el municipio inauguró “La Balsanera”, un proyecto que rescata el principio de vivir sobre el agua. Es casa, taller y restaurante al mismo tiempo, con la premisa de que “el río Babahoyo puede ser hogar y sustento”. Desde luego es un espacio que cuenta con todas las características estéticas para mantenerse en la ciudad. Estela cree que el hecho de que ahora se la use solo para negocios, ocasionará que ya no haya casas flotantes que se habiten, y sea solo para el comercio. 

Al mito del peligro del invierno, de la ocupación de las balsas para el trabajo sexual se suma la idea de que vivir en balsas es vivir en la pobreza. Desde la orilla, muchos piensan que quienes habitan sobre el río viven en una pobreza extrema. Estela recuerda con gracia la vez en la que ella tomaba el sol en la orilla y un hombre les tomó una fotografía y les llamó indigentes. Vivir en las balsas no es una señal de precariedad, es un legado, herencia del trabajo, esfuerzo y resistencia de sus ancestros. 

Una balsa, una forma de sostener la memoria

José Delgado, director del Observatorio de Santay, en una entrada de su blog sobre “La Balsa Blanca”, sostiene que comprar una balsa no era solo adquirir un objeto, sino hacerse responsable de la memoria. Habla de ello con respeto, como si cada tabla y cada cuerda guardaran un relato. Esa manera de mirar la balsa resuena con las historias de Gloria y Estela. Delgado describe el acto de habitar la balsa como una forma de continuidad, de sostener la historia de quienes la construyeron antes. Termina con una idea bastante profunda: la balsa no se posee, se cuida, y cuidar es, una forma de pertenecer. 

Siguiendo está lectura que propone José Delgado sobre la memoria inscrita en los objetos, resulta importante volver a la mirada hacía la teoría semiótica de Charles Sanders Pierce, filósofo y padre de la semiótica moderna, cuya obra reunida en los Collected Papers profundiza en cómo los signos participan en la construcción de sentido. Desde su propuesta, un objeto no es solo algo que se posee, sino un símbolo cargado de relaciones. 

El mito de la precariedad borra la historia de estas viviendas: su origen ligado al comercio fluvial, su valor arquitectónico artesanal y su función social dentro de la ciudad. En las balsas, encontramos una serie de signos que aparecen sin necesidad de explicarse: el ruido de los tablones, la cuerda que sostiene la casa como si fuera un ancla, las huellas húmedas que los niños dejan al correr. Todo eso habla por sí solo. Desde la orilla, algunos ven desorden; desde adentro, en cambio, cada objeto tiene una historia y un uso preciso, una lógica que solo entiende quien ha vivido con el río pegado a los pies.

Según un estudio de la Universidad Central de Ecuador, las balsas son construidas con técnicas que el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural ha reconocido como parte del patrimonio inmaterial del país. Cada clavo, cada tabla, cada cuerda responde a una sabiduría que combina ingeniería popular y conocimiento del río.

Lo que más llama la atención al escuchar a Estela y a Gloria no es solo lo que cuentan, sino cómo lo cuentan. Hablan del río como si fuera alguien cercano, alguien que las acompañó toda la vida. Dicen que ahí aprendieron a identificar el sonido exacto con el que el agua anuncia una creciente, o cómo el aire cambia de temperatura cuando va a llover. Incluso recuerdan que, antes de abrir los ojos cada mañana, ya sabían si el río estaba tranquilo o inquieto por la manera en que la balsa se movía. Ahora que Gloria vive lejos, reconocen que extrañan ese pulso: el golpecito suave del agua contra la madera, el olor húmedo al amanecer. Para ellas, vivir en una balsa nunca fue sinónimo de carencia, sino una forma distinta de estar en el mundo. A Gloria le encantaría volver allí cuando sus hijos crezcan, y en su vejez habitar con su marido hasta el día de su muerte.

Bibliografía 

Archivo Municipal de Babahoyo. (s.f.). Documentos sobre el comercio fluvial y asentamientos ribereños en el siglo XX.

Barthes, Roland. Mitologías. Traducidos por Héctor Pons. México: Siglo XXI Editores, 1982. (Publicado originalmente en 1957). 

Carriel, Estela. (2025). Entrevista personal.

Delgado, José. “La Balsa Blanca y yo: una historia que permanece a flote”. Isla Santay (blog). Noviembre 2025. https://www.islasantay.info/2025/11/la-balsa-blanca-y-yo-una-historia-que.html

Gobierno Autónomo Descentralizado del Cantón Babahoyo. Proyecto “La Balsanera” y revitalización del malecón fluvial. 2023.

Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología del Ecuador. Registros históricos de niveles del río Babahoyo en temporada invernal. Quito, Ecuador. 2023.

Universidad Central del Ecuador. Estudio sobre la arquitectura vernácula y patrimonio fluvial en la región litoral. Facultad de Arquitectura y Urbanismo. 2022. 

Pierce, Charles Sanders. The Essential Pierce, Volume 2: Selected Philosophical Writings (1893-1913). Editado Por Pierce Edition Project. Bloomington: Indiana University Press, 1998. 

Ramos, Gloria. (2025). Entrevista personal. Sainto, Yurik. Everyday Aesthetics. Oxford University Press, 2007.

SOBRE LA AUTORA:

Geovanna Goyes (Babahoyo, 2004) es estudiante de Literatura. Se interesa por la narrativa, por cierta ficción protagonizada por jugadores de hockey gays y por el karaoke, aunque no necesariamente en ese orden.