El agua: ¿Cuánto nos afecta? ¿Cuánto la apreciamos?

Melody Noboa

Siento que damos al agua y a todo su ecosistema por sentado aunque la encontramos en todos lados: en las festividades de carnaval cuando lanzamos globos de agua al primer ingenuo que se nos cruza, en el minuto extra en el que dejamos la llave abierta porque solo fue un rato —¿Qué es lo peor que podría pasar?—, en la marea que se eleva y lleva consigo la envoltura del helado que nos comimos en la playa y dejamos botada en la arena, que se convertiría en el alimento y veneno de las especies marinas.

El agua puede significar muchas cosas. Es el elemento que nos compone en un 70% a los seres humanos y los ecosistemas se derivan de ella en un 50% al 95% dependiendo de la superficie. Sin embargo, su existencia va decreciendo con el paso de los años por el incremento de la producción de tecnología, por las industrias, la contaminación, el calentamiento global, la quema de los bosques, por múltiples factores que nos enfrentan a un futuro en el que tendremos que lidiar con su escasez.

En el blog F-ILIA comenzamos un especial de no ficción pensando en la ciudad y el agua en sus múltiples formas. Geovanna Goyes nos muestra cómo el agua puede ser un hogar, pero a su vez, puede engendrar el desastre. En un país donde la tierra está en disputa, las personas encuentran un lugar de descanso para establecerse como parte de su memoria con relación al río.

El agua también puede relacionarse con la nostalgia. En la crónica de Alejandro Santillán, el agua se presenta como un recuerdo al que solo puede acceder en su mente: “… en el río ahora se extendía una franja de tierra seca, como un espacio borrado. No había agua, ni sombra, ni rastros de humedad”. La memoria es una herramienta que todos debemos aprender a manejar para preservar las huellas de lo que desaparece, como el río Salitre en el camino que Santillán jamás volverá a recorrer con la misma cotidianidad.

El agua, por otro lado, puede vincularse con la pérdida. Ese desastre natural que todos temen sin ser conscientes que está más cerca de lo que imaginan. El movimiento del agua puede ser impredecible, su caída es inesperada y sus consecuencias inimaginables. Cuando para algunos la lluvia puede representar un atisbo de suerte, para otros llega a ser la decadencia de toda una comunidad. El texto de Hungría nos permite experimentar la tragedia de las lluvias con palabras y anécdotas que se filtran bajo nuestras pieles.

En las tres crónicas, el agua toma distintos sentidos. Es un hogar, un recuerdo, pero también puede ser el motivo por el cual llega la ruina. Esta posibilidad se reconfigura con cada historia que entra en contacto con su materia.

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