José Alejandro Santillán
El sábado amaneció con una exactitud que rozaba lo implacable. A las ocho, la alarma irrumpió en el cuarto. Abrí los ojos con ese cansancio que antecede a los desplazamientos significativos: un retorno hacia un territorio que había dejado de habitar hacía años, pero que persistía en mi memoria como un archivo incompleto, compuesto por fragmentos sueltos que pedían ser reinterpretados.
Realicé mis tareas matutinas con un orden casi ritual. Desayuné rápido, preparé la mochila —una botella de agua, un monedero, un libro que sabía que no iba a leer— y me arreglé con la sobriedad de quien solo necesita estar presentable para el camino. Al salir de casa tuve la sensación de que ese día, sin proponérmelo del todo, iba a enfrentarme a un paisaje que ya no respondía a las imágenes de mi infancia.
Sentía la ansiedad habitual de habitar los espacios públicos. Me coloqué los auriculares como una forma de trazar un límite invisible entre mi cuerpo y el exterior, un gesto casi automático para protegerme del exceso. En el segundo bus, camino al terminal, los asientos ocupados, los vendedores ambulantes y el movimiento brusco del vehículo componían un escenario que observaba con atención: cada olor, cada gesto y cada conversación fragmentada contrastaban con la memoria idealizada que conservaba de los viajes infantiles a Salitre.
Compré el pasaje y, mientras esperaba el embarque, pensé en el motivo real del viaje: entender la desaparición del río de mi infancia. Ese río había sido un referente espacial y afectivo, y su ausencia se había convertido en una pregunta persistente. ¿Cómo desaparece un cuerpo de agua? ¿Qué queda cuando un río deja de ser río?
Con esa inquietud emprendí el camino.
El bus avanzó por Vergeles, Mucho Lote y La Aurora. A través de la ventana registré la transformación del paisaje: el paso de lo urbano a lo rural no era limpio ni continuo, sino una superposición de capas donde la vegetación, las construcciones recientes y los caminos de tierra se imponían unas sobre otras. El verde seguía ahí, pero ya no era el mismo; aparecía fragmentado, interrumpido, distinto al que recordaba.
En la pantalla del bus se proyectaba una película hindú, muda para mí por los auriculares. No seguí la trama; me interesaba más la superposición de esa ficción ajena sobre el paisaje real, como si dos relatos incompatibles intentaran ocupar el mismo espacio.
Recordé los datos que había revisado antes del viaje: informes del INAMHI señalaban que varios ríos de la Costa habían reducido su caudal por el cambio climático, la canalización deficiente y el desvío para actividades agrícolas. No sabía si el río de Salitre encajaba del todo en esos casos, pero el patrón de desapariciones silenciosas coincidía con lo que había escuchado en mi familia.
Al llegar al pueblo, el impacto fue inmediato. Nada coincidía con la imagen que conservaba. El territorio había cambiado por completo: más locales, más ruido, menos vegetación. Mientras buscaba a mi familia, un toque en el hombro me detuvo. Era mi tío. Su saludo fue efusivo; yo lo recibí con una mezcla de afecto y extrañeza. Compartíamos historia, pero no un presente.
Subimos a una tricimoto roja que nos llevó hasta la casa. Durante el trayecto confirmé lo que temía: donde antes estaba el río ahora se extendía una franja de tierra seca, como un espacio borrado. No había agua, ni sombra, ni rastros de humedad.
Al llegar, le pregunté a mi abuelo qué había pasado. Respondió sin dramatismo:
—Ese río empezó a morirse hace años. Primero se fue secando. Después lo canalizaron mal. Y lo que quedó se tapó. Nadie vino a arreglar nada.
Sus palabras no hablaban solo de un fenómeno natural, sino de abandono. Mi tía agregó que hicieron reclamos, pero nadie escuchó. Esa frase resumía la experiencia de la comunidad: la pérdida fue visible para todos, menos para las instituciones.
La casa también había cambiado. Estaba dividida en dos, resultado de conflictos familiares y acuerdos mal resueltos. Ese detalle doméstico funcionaba como una imagen del territorio: lo que antes era un espacio compartido ahora estaba fragmentado.
Pregunté cuándo había desaparecido el río. Mi tío dijo que no hubo un momento exacto: “No se fue de golpe. Se fue muriendo”. Entendí entonces que la desaparición también puede ser un proceso lento, casi imperceptible, hasta que ya no queda nada.
Un vecino, don Joaquín, fue más directo:
—Ese río estorbaba.
La frase lo decía todo. El río dejó de ser naturaleza para convertirse en obstáculo. Caminar hasta el lugar donde debería estar fue enfrentarme a una ausencia total: tierra seca, polvo, ruido. El paisaje había perdido su capacidad de hablar.
El regreso a Guayaquil estuvo marcado por la oscuridad. Mientras la ciudad reaparecía a lo lejos, entendí que el viaje no había sido para recuperar un recuerdo, sino para confirmar una desaparición. El río ya no estaba, pero su ausencia seguía inscrita en la memoria del lugar.
Los ríos, como las historias, pueden morir sin hacer ruido. Lo que queda es la huella —visible o no— de aquello que alguna vez dio sentido a un territorio.
Fuentes documentales
- INAMHI – Informes sobre cambios en cursos de agua (2010–2023). Procesos de reducción de caudal en la Costa.
- Ministerio del Ambiente (MAATE) – Reporte técnico sobre canalización irregular de cuerpos de agua (2015).
- GAD Provincial del Guayas – Informe de obras de drenaje en zonas rurales (2010–2016).
- Revista Ecología y Desarrollo – Artículo sobre la pérdida de ríos por intervenciones no reguladas en la Costa ecuatoriana (2018).
- Registro en redes sociales de pobladores de Salitre (2014) denunciando afectaciones por obras municipales de drenaje.
SOBRE EL AUTOR:
Curioso, constante y atento a los detalles, creo en el trabajo bien hecho y en las ideas que dejan huella. Además de que nunca hay que quedarse quietos.
Aprendo, observo y construyo con criterio, sentido humano y un poco de ironía bien puesta, tal vez no poco.