El rezador, de Tito Jara

Por Fernando Montenegro

No creo exagerar al decir que El rezador tuvo mucha más prensa que cualquier otra película ecuatoriana reciente, seguramente alimentada por la relativa fama del actor guayaquileño Andrés Crespo, protagonista del film. Y esto no solo ha tenido que ver con la promoción de la película escrita y dirigida por Tito Jara, conocido fundamentalmente por A tus espaldas  (2011), sino con el polvillo político y mediático que se levantó a su alrededor. El primero en incitarlo fue el propio Crespo con el siguiente tweet:

Haya sido una estrategia de marketing o producto de un exabrupto ideológico del actor, la provocación ha surtido cierto efecto, pues, por lo menos en las redes sociales y en el campo cultural local, abundan recomendaciones y aplausos para Jara y compañía. Así lo demuestran las varias entrevistas al director y a los actores. Quizá la que más impacto tuvo fue la realizada por el medio digital La Posta, aunque lo más probable es que dicha entrevista sea más recordada por varios comentarios de Crespo sobre la vida sexual del presidente Guillermo Lasso y el ex-presidente Rafael Correa. (No recuerdo, dicho sea de paso, que La Posta le haya hecho una entrevista, por ejemplo, a Javier Andrade o Anahí Hoeneisen a propósito de Lo invisible).

Durante la entrevista nos enteramos que el argumento de El rezador —como es notorio— fue extraído de un caso de la vida real. La sinopsis, mejor contada por la página del Ocho y Medio, dice lo siguiente: “Un precario estafador se aprovecha económicamente de una niña que dicen tiene visiones de la Virgen María y a quien muchos consideran milagrosa. Junto a los padres de la niña, generará un negocio grande y lucrativo.”

Sobre la peli resulta necesario aclarar que transcurre en un barrio popular de Quito (Atucucho), lo que recuerda el interés de Jara por explorar el drama de las clases populares de la ciudad y las tensiones culturales, económicas y espirituales entre los dos Quitos. En A tus espaldas, Jara había expuesto las diferencias entre el norte y el sur de la ciudad a través de un personaje arribista y desclasado que más o menos sintetiza ese sistema de diferencias y contradicciones que configura la capital ecuatoriana. Si en El rezador la intención fue similar, me parece que Jara no consigue plantear esas diferencias a través del personaje principal (encarnado por Crespo), sino, digámoslo así, montando un cuadro de costumbres que convierte al barrio de Atucucho en protagonista central del largometraje.

Aquí yace, en mi opinión, el valor de la cinta. Las mejores escenas son las más parecidas a un reportaje de televisión o una docuficción. Hombres y mujeres enfilados a las afueras de una casa de barrio, esperando a que la niña milagrosa (Gema) los toque con su gracia, al tiempo que en los alrededores se levanta la típica economía popular que aparece en cualquier evento masivo no importa si es una procesión religiosa, un partido de fútbol, la fila del registro civil o un domingo de elecciones seccionales. Jara se detiene en estas actividades económicas —venta de aguas, choclos y maduros asados; caramelos, tabacos, chicles y, por supuesto, accesorios y memorabilia relacionada con la santa—, para demostrarnos que, quizá, el emprendedor en el fondo es lo de menos, pues sea quien sea, y haga las triquiñuelas que haga, importa menos que aquello que podríamos bien llamar el mercado popular de la fe.

Insisto, quizá la intención de Jara haya sido la de sintetizar este complejo entramado entre economía y fe en la figura del rezador, Atanasio (Crespo), pero en realidad obtenemos lo mejor en este tipo de escenas (la otra ocurre en plena procesión Jesús del Gran Poder). De hecho, la escena crucial de la película, en términos del argumento y la producción, ocurre cuando se organiza un evento masivo en el estadio o cancha barrial de Atucucho. Es durante este acontecimiento que el milagro se revela como estafa y que las relaciones entre los personajes empiezan a deteriorarse. Es decir: es allí donde se edifica el remate y la resolución dramática de la cinta. Pero además, es esta la escena donde Jara más se ha esmerado, pues no solamente logra recrear con éxito un evento masivo de barrio popular, sino poner en contraste, a través de los planos abiertos, al empinado y popular Atucucho, con el más modernizado norte de la ciudad que es, al fin y al cabo, a lo que sus personajes aspiran:

En el recuadro anterior, extraído del tráiler de El rezador disponible en YouTube, observamos un gesto repetido innumerables veces en la película, con o sin el personaje central. En primer plano el barrio popular —sus casas de bloque pelado, sus tallarines de cableado eléctrico, sus polvorosas calles, su tristeza— y en el horizonte ese Quito erigido sobre las horrendas torres tipo Uribe Schwarzkopf, ya no como una geografía, sino como objeto de deseo, aunque ya no en contraste con el sur, como ocurre en A tus Espaldas, pues Atucucho es un barrio del noroccidente de la ciudad, lo que revela, así mismo, que la virgen del Panecillo no solo le da la espalda al sur y que no hace falta darle la vuelta.

Me parece que en esos términos la película triunfa. El gran problema que tuve con ella ocurrió, precisamente, en el desarrollo de los personajes y del guion. Por momentos, la película parece empeñada en adaptar los personajes a las capacidades actorales de Crespo y de Valencia y esto es algo que no siempre funciona. El arco del personaje encarnado por Crespo (Anastasio) es también inconsistente: si la película se llama El rezador, y se supone que el personaje central estafa a los creyentes a través de sus capacidades oratorias, ¿cómo es que se convierte en un maestro de la manipulación tras bambalinas, más Yago que Bartolomé de las Casas?

El problema quizá es que la historia del rezador, acontecimiento que Tito Jara atestiguó personalmente alguna vez, y la historia de Gema (que es un caso de la vida real) no son tan compatibles como se cree o como se quiere hacer creer al público. En otras palabras, lo que Jara ha intentado hacer es conectar su experiencia personal con la historia de Atucucho: el resultado es demasiado accidentado. La prueba de esto es que la llegada de Anastasio al barrio es del todo inverosímil, pues después de un primer intento de aproximación a la familia de Gema, decide, sin más y sin mayor protesta o sospecha de nadie, mudarse a la casa de enfrente. Cualquiera que ha vivido en un barrio popular sabe que las lógicas del barrio son un poco más complicadas que eso. Y como esta hay varias incongruencias más en la trama.

Es precisamente en esa articulación (la trama) donde falla la película y la razón por la cual los diálogos son a menudo ridículos, tanto que por momentos uno se pregunta si más bien estamos viendo una sátira, o incluso un larguísimo sketch, y no un thriller que es el género en el cual el propio Jara inscribe a El rezador. Mi sensación al verla en la pantalla grande es que el público —las 10 personas que estábamos en la sala, pese a las habladurías— tenía una predisposición para la comedia, quizá engañado por la figura de Crespo, sin saber que del otro lado había una película tratando un asunto muy grave —nada menos que la explotación de una infante con serios problemas mentales—, con un tono que quiso ser serio pero que no siempre lo logró. Me pregunto si el gran error de Jara no ha sido dejarse imantar por la potente figura de Crespo que, al fin y al cabo, siempre actúa de Andrés Crespo.

Confusión: este es el efecto que ocasiona la película y no porque la trama sea especialmente sofisticada o porque nos plantea una resolución tipo Ocean’s Eleven. La confusión tiene que ver con que no se transmite lo suficientemente bien lo que motiva a los personajes a movilizarse. Quizá Jara dejó a Crespo y Valencia la responsabilidad de convencernos de su profundidad, pero eso es difícil de creer cuando se procesan con diálogos artificiales, con una tendencia a la sobreactuación y con performances más o menos amateurs de los personajes secundarios.

Me pregunto si, volviendo a la ya mencionada entrevista de La Posta, no habrá una clave para mejor discernir estos desequilibrios de la película. Allí, Crespo y Valencia describen al rezador como un “emprendedor”: fascinante selección de términos para hablar de un tipo que hace dinero sobre una plataforma ficticia (emprendedores de la fe, es el término que, con más precisión, escoge Valencia para caracterizar al personaje central del film).

Esto último me hace pensar que la película se trata mucho menos sobre las estafas de la fe que sobre los modos de autoengaño de los emprendedores. Cuando en su tweet, Crespo alude a aquellos que se dejan lavar la cabeza por determinado culto (el correísmo), falla en entender que el problema ético fundamental en este tipo de estafas no son esos sujetos “incapaces de pensar por sí mismos” que, al fin y al cabo, gracias a su fe, han logrado movilizar la economía y el espíritu de un barrio bajo, sino el emprendedor que se cree más inteligente que los demás y termina por no entender ni siquiera su propia farsa: víctima de sí mismo. ¿No es precisamente el rezador, el más bacán y sabido de todos, el que termina por consagrarse a Gema más que ningún otro peregrino de su fe?

La película, al fin y al cabo, —tal y como se nota en la larga cortina de créditos— no hubiera podido ser sin el apoyo de cuanta institución pública y privada que quepa imaginarse. Y qué bueno que haya sido así. El emprendedor, que parece irse perfilando como el gran héroe del capitalismo avanzado (sin adivinar que es una de sus grandes víctimas), no alcanza para hacer cine: necesita de esa masa de “ignorantes” que, con sus impuestos, han contribuido para que hoy podamos estar hablando de cine ecuatoriano.

Coda

Para culminar, una anécdota: recuerdo una conversación en una clase que impartía en la Universidad San Francisco hace años. La conversación era sobre piratería. De manera natural aquellos estudiantes de administración y marketing (era una clase nocturna), de arquitectura y comunicación, se opusieron a la existencia de películas piratas en el mercado. Sin embargo, hubo un muchacho, también de administración, que se levantó, aludido, y aclaró que ese desdeñado negocio, lindante acaso con la criminalidad, es lo que le permitió a su padre enviarle a la universidad más cara del país. La intervención de ese estudiante siempre me dejó muchas preguntas, no sobre el tipo en cuestión sino sobre el consumo cinematográfico. ¿No será que le debemos más a la piratería que a nadie en nuestra formación cinematográfica? ¿No fue en esos oscuros locales que uno se enamoró por primera vez de Bergman, de Haneke, de Martel? ¿No será ese mercado informal y popular, esa tienda de barrio bajo, ese iletrado vendedor, el tema central de esta película? ¿No era esa la película que en verdad quería hacer Tito Jara?

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